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  • Roberto Márquez

Crónica: el baile de los vampiros

Una historia de seres de la noche y otra gente patética de El Borrao


Tenéis que poneros en situación. Imaginaos que sois aldeanos de Europa del este, siglo diecisiete o por ahí. Te levantas por la mañana mareado y con la cara roja porque tu mierda de cama de madera y paja ni siquiera está bien nivelada y duermes como un barco a medio naufragar. Pero oye, al menos tienes un techo sobre tu cabeza. Acuérdate de tu hermano Radu, que la diñó de frío en plena calle cuando tu cuñada no quiso abrirle la puerta porque llegaba otra vez borracho. No la culpas, claro, Radu era un animal, pero aún así te fastidia porque te cortaste la mano con su barba congelada cuando trataste de despegarle del suelo. Así es la vida de un campesino: dura, cruel, injusta, pero haces lo que puedes: crías animales, paleas mierda, le rezas a Dios. Sobrevives.


Y una noche la puerta del castillo se abre y baja un puto cabrón bigotudo. Se pasea por tu aldea, buscando, y entra en tu casa. Como ya hemos dicho, es el siglo diecisiete –o por ahí- y estamos en, yo qué sé, Valaquia, así que olvídate de llamar a la Guardia Civil. La Guardia Civil trabaja para el cabrón con bigote (esto al final es así en todas partes). El tipo se acerca a tu cama, te frota el cuello con una servilleta y te muerde. Mientras te chupa la sangre, mientras te consume como si fueras un zumo multifrutas, tú sólo puedes pensar en lo bien que le huele la ropa. Tu ropa nunca ha olido así de bien.


Puto Dracula.


Siempre he pensado que los vampiros eran una metáfora de cómo las clases dominantes viven de explotar a los trabajadores, pero heme aquí, preparándome para que me demuestren que no, que estaba equivocado, que los vampiros son como Cristiano Ronaldo, Bill Gates o mi hijo adolescente: reales, pero demasiado importantes como para pasar tiempo conmigo. Estoy en la trastienda de la perrera municipal. A mí lado hay un señor un poco más alto que yo, embutido en un abrigo negro que le cubre media cara. Quiero preguntarle qué coño hace aquí, sí está loco o está como yo, trabajando, pero en vez de eso le digo:


"¿Usted cree en los vampiros?"


La pregunta se queda en el aire unos instantes mientras el hombre pondera su respuesta, algo que ya de por sí me sorprende porque no esperaba ni un mínimo de cordura por parte de esta jodida panda de chalados.


A principios de esta semana los cuerpos de Encarnación López Segura y de Joan Martínez Ruíz, mujer y marido respectivamente, habían sido robados del cementerio. La policía maneja la teoría de que alguien los ha desenterrado para hacerse un cocido con ellos, pero en el lugar de los hechos alguien abordó a nuestra redactora y le dijo que no, que salieron ellos solitos y que tenía pruebas. Pedía dinero, claro, pero estamos en agosto y el editor -¡Un saludo, Luís!- anda desesperado por encontrar noticias que merezcan la pena. Era esto o hacer un publirreportaje del nuevo Hotel Juana. Pues esto, Luís. Hago esto, qué cojones.


Parece que el hombre va a responderme, cuando escuchamos unos pasos tras la puerta de metal ante la que nos han pedido que esperemos. La puerta se abre con un quejido digno de una producción de la Hammer, y un señor menudito nos pide que le sigamos. El señor me suena. Creo que es cajero del súper que hay cerca de la Plaza del Ayuntamiento. El pasillo está flanqueado por decenas de jaulas de animales que esperan a ser adoptados o ejecutados. Apenas hay media docena de perros y gatos, pero al pasar a su lado, las criaturas chirrían y lloran en un frenesí histérico, adornando nuestro paseo por el patíbulo con una sinfonía de golpes de metal. El hombre que camina a mi lado parece un poco afectado. Mantiene la vista fija en un punto indeterminado del suelo. Está no-mirando a los lados, igual que no-miras arriba cuando subes las escaleras detrás de una falda corta.


El hombrecillo abre una puerta a un lado del pasillo y nos hace pasar a una estancia mal iluminada y húmeda. “Qué apropiado”, musito. El hombre alto me mira inquisitivo. “Es la sala donde hacen las eutanasias”, le indico señalando la camilla de metal que hay en el centro. El hombre sonríe: “A mí me parece que estamos en la peor de las películas de Kubrick”, dice con un marcado acento porteño. Y no le falta razón: el quirófano está iluminado por un montón de cirios rojos del Todo a Cien, y los asistentes que han llegado antes que nosotros visten una ecléctica colección de túnicas y máscaras: desde antifaces de los chinos, hasta cascos de motocicleta o mascarillas quirúrgicas con gafas de sol. Hay incluso un par de cretinos que llevan el traje de nazareno de la cofradía del pueblo (uno de ellos es el más gordo de la hermandad, Julián, creo que se llama. Un saludo, Julián).


El ambiente es similar al de la sala de espera de la consulta del médico. Algunos se conocen entre sí y hablan en susurros, otros guardan silencio y un idiota ve un vídeo musical en su teléfono móvil sin molestarse en bajarle el volumen. El señor alto argentino intenta hacer conversación:


"¿Y vos, crees en los vampiros? "


Muevo la cabeza. Yo creo en los depredadores, la forma que asuman me importa poco, la verdad. Le cuento mi teoría sobrenatural de la lucha de clases, y él asiente con interés: "¿Vos sabés a qué huele la sangre? Todo el mundo cree que huele a metal, pero eso es porque la gente normal sólo ve sangre en pocas cantidades. Con un corte, mordiéndose el labio, una nariz que gotea… Eso se seca enseguida. Cuando la sangre se acumula y se pudre, huele a muerto. El olor a muerto es olor a sangre. Por eso los vampiros son tan snobs. Porque si entras en una sala y huele a muerto, pero el único que hay ahí es un señor elegante y perfumado, uno piensa que es cosa de las tuberías. Al final es una cuestión de vanidad."


Aprovecha el tema de la conversación para ofrecerme un caramelo de menta y miel, que acepto encantado. El lugar apesta a cojones de perro sudados, así que me meto el caramelo en la boca y decido esperar en silencio para respirar la menor cantidad de aire posible. Pasados unos minutos la puerta se vuelve a abrir y aparece el pez gordo. Es fácil de deducir porque es el único que parece que no ha comprado su túnica en Aliexpress. Es alto y delgado, con el pelo –o peluca, vete a saber- largo, negro y lacio. Se nota que ha ido a por el look “Entrevista con el Vampiro”, pero se ha equivocado a la hora de ponerse hombreras. Las hombreras le dan un aire a bailarín de Locomía. Junto a él caminan un par de machacas de gimnasio con máscaras a juego, entiendo que para darle un efecto más dramático. El gran jefe, con sus esbirros. Me cago de miedo. O me cagaría si esto no fuera un circo de payasos. Meto la mano en la chaqueta y enciendo la grabadora del teléfono, que uno ya está mayor y a veces se le olvidan los detalles. El tipo argentino me ve, y me ofrece media sonrisa. Estamos juntos en esto.


"Joan y Encarnación. Joan y Encarnación. Joan y encarnación. Joan y Encarnación. Joan y Encarnación. Joan y Encarnación. Joan y Encarnación. Joan y Encarnación. Ocho veces os llamamos desde las ocho direcciones. Somos vuestros sirvientes, comandadnos, haced uso de nuestra carne y nuestra sangre. Nos humillamos ante vosotros."


En ese momento los asistentes hincan las rodillas y se postran. La regla número uno de una crónica es pasar desapercibido, así que les imito, pero el argentino ni se inmuta, algo que parece no molestar en absoluto al tipo de la melena. Si lo llego a saber, me quedo de pie yo también. La postura me está matando los riñones. De repente hay un poco de conmoción: la gente empieza a rebuscar dentro de sus túnicas, todos a la vez. Enseguida comprendo que ha llegado el momento que comparten todos los rituales religiosos: uno de los machacas va pasando un cesto de mimbre y los asistentes sueltan billetes. El puto diezmo. Cuando llega a mi altura, palpo mis bolsillos a ver qué llevo. Con una inocencia exquisita que tengo tan ensayada que debería patentarla, sonrío al recolector: “Para que os toméis un café” digo, y suelto dentro un sobrecillo de azúcar que me ha sobrado del desayuno.


Para mi desgracia, mi gracieta se queda en el éter, porque el culturista descerebrado ni se molesta en comprobar qué he metido dentro. Se limita a volver junto a su jefe.


“Juventud eterna, belleza, placeres infinitos… Adoramos a los hijos de Caín y llevamos su marca.”


Acompaña esto pegando el dorso de su mano a su frente.


“Ha llegado el momento del sacrificio”.


El otro tipo, el que no ha pasado el bote, sale de la sala, y el director de orquesta saca un cuchillo. Una daga, para más señas. Los asistentes que me rodean parecen excitados, debe llegar uno de los momentos fuertes de la noche. Hasta ahora el nivel de patetismo que exuda el evento me ha hecho juzgarlo todo con mucha ligereza, pero de repente recuerdo que la mía es una crónica de sucesos. Meto la mano en mi chaqueta y, con discreción, saco el móvil y marco uno-uno-dos. Estoy a punto de llamar cuando alguien me pone una mano en el hombro: es el argentino. Niega, y yo guardo el móvil. No sé por qué, pero algo me dice que tiene razón. La puerta se abre y hacen entrar el sacrificio: aterrado, con el rabo entre las piernas, es un chucho callejero. Mi mujer sabría decirme qué razas han hibridado semejante montón de pelo y pulgas, pero yo sólo veo un perro asustado, mirándonos con esa media sonrisa jadeante que enarbolan los pobres animales cuando no saben qué coño está pasando.


Le suben a la camilla y mientras uno de los tipos fuertes le agarra, el otro le coloca un bol cerca del cuello. El tipo de la melena, solemne, le dice al esbirro del bol: “Alberto, pon cuidadito esta vez, que tenemos que beber todos y no veas lo que costó fregar el viernes pasado”, a lo que “Alberto” asiente. El sumo sacerdote le pone el cuchillo en el cuello al perro.


“Sacrificio”, dice, y con él, todos los demás: “¡Sacrificio, sacrificio, sacrificio!"


Y qué queréis que os diga. Uno está harto de ver locuras y de tomar notas en medio de crímenes dantescos, pero cada cual tiene sus límites, y el mío es dejar que una panda de paletos le corten el cuello a un perro indefenso para cumplir con la tontería religiosa de turno, así que me levanto y le digo “¿Qué pruebas tiene de que Encarnación López Segura y Joan Martínez Ruíz eran, o son, vampiros?


El sacerdote de todo a cien se queda estupefacto: “¿Cómo dice?”


“Entiendo que la teoría aquí es que Joan era un vampiro y que Encarnación, de algún modo, le resucitó con su sangre. Vamos a aceptar esa teoría: ¿Mis preguntas son las siguientes? ¿Qué evidencias tienen que soporten esa teoría? Si Joan era un vampiro, ¿Por qué hay registros documentales de su nacimiento, vida y posterior fallecimiento? Aún si Joan fuera un vampiro, y Encarnación le hubiese resucitado, ¿Cómo la convirtió en vampiro? Encarnación estaba muerta y enterrada, y de acuerdo a los mitos, un vampiro sólo puede crear a otro vampiro a partir de un ser vivo, si no, hablamos de un ghoul. Los ghoules son una cosa jodida, sabéis. No piensan ni hablan mucho, son como perros de presa. De acuerdo a los libros de estas cosas, claro, que además estamos suponiendo que esto es todo real. ¿Por qué querría Joan hacer algo así con su mujer? ¿Por qué encarnación usó su propia sangre y no la de otro? Y la pregunta más importante, ¿De qué sirve que os bebáis la sangre de este pobre perro aparte de para que os huela el aliento a muerto?"


Total, que me echan de allí. Eso sí, me da tiempo a agarrar al perro. No pude hacer nada por los que se quedaban en las jaulas, pero me quedé esperando fuera. Al cabo de un par de horas vi salir a los asistentes al esperpéntico ritual, uno a uno. Ya sin máscaras ni túnicas: señoras, señores, gente del pueblo… Los machacas eran fáciles de distinguir del resto, pero el sacerdote podría haber sido cualquiera. Finalmente salió el tipo argentino, que me vio y vino a mi encuentro:“Por lo menos has salvado al perro”.


No sé si Joan y Encarnación fueron víctimas de profanadores de tumbas o si realmente son criaturas de la noche, pero los eventos que rodean su muerte han sacado a la luz una cadena de depredadores que se alimentan, eslabón a eslabón, de la presa más débil, del ambicioso, del estúpido, del indefenso.


Vampiros reales a los que se distingue porque, al abrir la boca, sólo dejan escapar jodido olor a muerto.

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