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  • Marina Martín Laguna

Crónicas de El Borrao: Bed & Breakfast

B&Death, el horror entre paredes


Eran las 10:01:33 del día 21 de mayo del 2020 en la comisaría de El Borrao y sólo en la comisaría porque ¿quién puede asegurar que en cualquier otro lugar del pueblo fuera la misma hora exacta? Es casi imposible. El sofocante calor se acentuaba hasta extremos insoportables tras las mascarillas quirúrgicas y los guantes de látex azules. Malditos guantes de Látex. Al agente Sabino le chorreaba el sudor desde las manos hasta los codos mientras se bebía su séptimo café del día -o quizás el octavo-; Carrascoso se paseaba por la oficina maldiciendo su alergia mientras estornudaba una y otra vez. Sólo Dios sabe lo viciado que debía de estar el aire dentro de aquella mascarilla que entorpecía cualquier intento de comunicación no verbal. Lo único positivo de llevarla a 30 grados de temperatura es que te evitas el estar oliendo el sudor de 13 seres humanos encerrados en una mísera comisaría de pueblo.


Y ahí estaba yo, cubriendo la noticia de la desaparición de una íntima amiga y compañera del Diario, sabiendo que jamás volvería a verla conmigo. Sentía que el muro de contención que había construido entre el mundo exterior y mis emociones se iba a derrumbar, cuando una mujer irrumpió gritando como un cerdo al que le acaban de pisar la cola: “Lo tienen. Lo han cogido. Por favor, haced algo. Lo van a mutilar si no hacéis algo”. Las moscas en el sándwich de la agente Estévez fueron las únicas que reaccionaron ante aquel barullo -los seres humanos parece que ya estamos curados de espanto.


“¿Estáis escuchando? ¡Espabilad de una vez! ¡Tenéis que salvarle la vida”.


El agente Sabino cogió uno de sus pañuelos y, tras secarse los codos, se acercó a la mujer para pedirle que rellenara un formulario. Ella, Sandra, de 35 años, sin nada remarcable en su aspecto, se relajó al comprobar que alguien le hacía caso. Decía que ella y Claudio llevaban toda la noche encerrados en la habitación de un B&B del casco antiguo porque, literalmente, la salida había desaparecido.


Atraído por la historia como un buitre por la carroña, le llevé a Sandra una manzanilla -mi manzanilla, ya fría-. Le expliqué quién era y, emocionada por poder relatar su experiencia en nuestro periódico, se olvidó del formulario y comenzó a, como dirían los jóvenes, “rajar”.


“Claudio y yo llevamos saliendo desde antes de casarme con mi marido y tener a los críos. Nos queremos mucho y desde el primer día decidimos que para no destruir nuestro amor seguiríamos siendo amantes para siempre. Un compromiso sin compromisos. Nadie más lo sabe. Este fin de semana aproveché que mi marido se iba de viaje a ver a una tal Señora Mnemosine para mandar a los niños a casa de sus amigos y poder escaparme una noche con él. Queríamos un hotel especial, que nos hiciera sentir que no estábamos en El Borrao. Vimos que en el casco antiguo acababan de abrir un B&B y el dueño era de Sitges; pensamos que viniendo de un lugar de playa tan exótico y exclusivo pues… que el lugar sería un paraíso. En realidad era eso o el motel de la 67. Pues nada, que… nos pusimos en contacto con los dueños. Muy majos. Muy raros también. En una misma habitación vivían más de 6 personas. Decían que estaban muy a gustito así. Ni siquiera eran familia… se habían juntado todos para cuidar del lugar porque compartían aficiones, pero cuando les preguntamos cuáles eran esas aficiones cambiaron de tema y nos llevaron al piso que… era normalito. El chico que nos lo enseñó, entró justo delante de nosotros y en cuanto nos despistamos un segundo en la cocina, desapareció. Fuimos a la entrada a ver si estaba ahí pero… ya no había entrada. No había ventanas. Y de pronto la casa parecía un laberinto. Silencioso. Muerto.


No me pregunte porqué, pero en ese momento sentí que éramos las víctimas en una película de terror. No podía creérmelo. ¿Así iba a morir? ¿Qué estaba pasando? ¿Quién de los dos sería el protagonista que se salva? Cogí el móvil y llamé a mi marido, pero el móvil sonó al otro lado de las paredes y una voz deformada de mujer contestó al teléfono.

“¿Quién?”, dijo la voz.


Acerqué la oreja hacia la pared y de pronto, el silencio se convirtió en una explosión de risas, susurros y gritos. Como si al otro lado de la pared se estuviera celebrando un carnaval. Noté que una mano se deslizaba por la pared y me acariciaba la cara.


“Otro disfraz de carne y hueso, mami”, escuché al otro lado del teléfono.


Cuando me giré para decírselo a Claudio vi que una mano de… ¿masilla o cemento? No lo sé, salía desde el techo intentando cogerle de la cabeza para llevárselo. ¡Yo le avisé! Y… nos agachamos… había caras y cuerpos al otro lado del papel pintado. Horrible, por cierto, con palmeritas y monos. Nos quedamos en mitad de la habitación sin movernos. Abrazados. Muertos de miedo, pero… vivos. ¿Entiende?”


Afirmé con la cabeza y le pedí a Sandra que prosiguiera con el relato de su delirio nocturno.


El caso es que, cuando estás tan aterrorizada acabas desesperándote y cometiendo alguna locura. Y yo ya no podía más. Prefería morir a tener que seguir con esa angustia, esa… incertidumbre. Mi corazón iba a millones de trillones de latidos por segundo. Lo juro. Me levanté y me lancé contra la pared con toda mi rabia pensando que las manos me devorarían sepultándome con ellas, pero en su lugar choqué contra el cemento y me quedé inconsciente en el suelo.


Soñé que estaba dentro de las paredes. Un lugar que si no era el infierno no tiene nada que envidiarle. Todo era blanco y había trozos de cuerpos. Pieles… pieles de gente que conocía del pueblo recubriendo muebles y cuadros. ¡Paco! El carnicero… era el cabecero de una cama y, Lola, la mujer de la floristería… su… su cara era una lámpara y sus manos envolvían la bombilla. De pronto, una forma blanca se me acercó. Me tocó la cara y se transformó en mí. Se movía igual que yo. Hablaba igual que yo... pero es curioso porque parecía que la ropa que llevaba estaba pegada a su cuerpo, como un trampantojo. Ahora que lo pienso… tanto Paco como Lola siempre llevan el mismo uniforme, ¿verdad?... la misma ropa. ¿Usted cree que es posible? ¿Que puede que haya una casa en El Borrao que esté suplantando a la gente del pueblo? A lo mejor me estoy volviendo loca… a lo mejor… cuando me desperté en aquella habitación y vi la puerta abierta… ya no era yo. Por eso las paredes dejaron que me marchara y por eso se quedaron a Claudio. Porque no soy Sandra… ¿o sí? ¿Soy… Sandra? “


El debate existencial se extendió hasta que un hombre entró por la puerta, gritando y exigiendo que salvaran a su amante… Sandra. Cuando cruzaron sus miradas no se reconocieron. El hombre olvidó por completo lo que quería decir y ella… recordó que tenía que ir a recoger a su hijo. Se saludaron cordialmente y, sin despedirse de mi o de los agentes, se marcharon cada uno por su lado y todo volvió a la normalidad en la comisaría.


“Menuda historia, ¿eh?”, remarcó Sabino mientras se preparaba otro café más. Fue entonces cuando lo vi… era descafeinado.

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