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  • Álvaro Valmorisco

Crónicas de El Borrao: Jorge

Jorge Rutnam, el periodista que arriesgó su vida para rescatar a un gato

Los médicos piensan que es un milagro que me encontraran con vida y más aún que sobreviviera a la operación. Por suerte, me subieron a planta tras permanecer casi dos semanas en la unidad de cuidados intensivos. No puedo decir que me encuentre bien, pero sí que sigo vivo. Supuestamente me hallaron unos senderistas, desplomado en medio de uno de los caminos que llevan al lago, inconsciente y ensangrentado. Al principio pensaban que estaba muerto y, de hecho, mis heridas eran tan desagradables que los trabajadores del hospital me taparon con sábanas cuando me trajeron por urgencias, como si la naturaleza de éstas fuera a dejar traumatizado a cualquiera que tuviera la mala fortuna de avistarlas.


Por mucho que lo cuente una y otra vez, siguen sin creerme. El informe oficial dicta que caí por una zanja no señalizada al salirme de uno de los senderos reglamentarios y que, al hacerlo, me golpee varias veces la cabeza y me rompí varios huesos hasta finalmente llegar al fondo, 6 metros más abajo. Efectivamente, tengo varias brechas que cruzan el largo y ancho de mi cabellera. Ambas piernas muestran fracturas en no sé cuántos sitios y tengo varias vertebras completamente pulverizadas, además de unas cuantas costillas aplastadas contra mi pulmón derecho, totalmente desgarrado. Cada vez que veo la radiografía de mi torso es como si mirara a una lagartija a la que un sádico niño le ha pisado tan fuerte que sus entrañas han salido disparadas por uno de sus costados. Puedo llegar a entender que una caída tan violenta como la que describen sea capaz de llegar a provocar semejantes lesiones, pero qué hay de los mordiscos y arañazos. Qué hay de esas cuatro rajas que me cruzan la espalda. Qué hay de mi mano; algo me arrancó la mano izquierda y parte del antebrazo, donde tenía el reloj que me regaló mi madre cuando cumplí los dieciocho. Sé que prefieren decirme que sufro de delirios y de estrés postraumático, antes que darle la razón a otro loco que asegura que en este pueblo de mierda pasan cosas horribles e inexplicables cada día.


No me queda otra opción que dejar mi vivencia escrita por si alguien tiene el valor de creerme, pese a que soy consciente de que eso es altamente improbable. Por difícil que parezca, quiero que lo siguiente se tome como una precaución más que como el simple testimonio de un loco: Si alguna vez se encuentran con un gato indefenso, atrapado, herido, pidiendo auxilio... NO LO AYUDEN.


No he podido evitar mencionar el reloj. El reloj de mi madre. Hace seis años le diagnosticaron con alzheimer y soy la única familia que tenía, así que no me quedó otra que venir a El Borrao. Al fin y al cabo, tampoco es que yo tuviera a nadie en Barcelona. Ese reloj es todo lo que quedaba de ella. Las fotos, la ropa, las recetas, las medicinas, sus despistes, sus manías. Todo se perdió con el fuego. Y se perdió por mi culpa el día en que decidí dejarla sola un par de horas para tomar el aire. Cuidar de una persona demente es agotador aunque se trate de tu propia madre. Sobre todo por eso.


Tras el incendio, era aconsejable quedarme una temporada en el pueblo hasta que los peritos esclarecieran el caso, para no levantar sospechas innecesarias, así que decidí mudarme a un pequeño estudio cercano al ayuntamiento. Al principio me costó adaptarme al nuevo espacio, sobre todo porque de pronto no tenía que dedicar las veinticuatro horas del día a los cuidados de otro. Lo que para muchos habría sido un alivio, para mi se convirtió en una condena. Sin yo quererlo, me quedaba todo el tiempo del mundo para mí y mis pensamientos y ahora tenía que cuidar de mi mismo y, sinceramente, nunca he sabido cómo se hace eso. Pasaron algunas semanas hasta que al fin me atreví a dejar el estudio. No es que no saliera a comprar o a reunirme con los abogados, pero si no era estrictamente necesario, prefería quedarme dentro de esos 30 metros cuadrados, refugiado.


Me compré una mochila y ropa de montaña, dispuesto a conquistar el monte y sus bosques. Supuse que sería una maravillosa idea para aclarar mis ideas y, en el fondo, tratar de enterrar mis oscuros pensamientos en lo más profundo del paisaje que veía cada mañana desde mi ventana. Crucé el gran puente y me aventuré por uno de los caminos. Llevaría unos veinticinco minutos caminando cuando me topé con una abandonada báscula de camiones. Para quien no lo sepa, se trata de una gigantesca plancha junto a una caseta donde, intuyo, habría un operario. Tras una ojeada curiosa, decidí reanudar mi marcha y continuar con mi camino, pero un leve quejido, proveniente del interior de la caseta, hizo que me detuviera en seco. Al principio pensé que quizás podría haber sido fruto de mi imaginación, pero volví a escucharlo. Parecía un animal. No estaba seguro de cuál, pero sonaba como si estuviera pidiendo ayuda. Debía estar herido. Según me acercaba a la caseta, los quejidos se parecían cada vez más a maullidos y cuando me asomé por la puerta, descubrí que el suelo del interior de sus cuatro paredes estaba completamente derrumbado. Habría unos cuatro metros de caída, más o menos y los maullidos cada vez eran más puntiagudos; no era capaz de pensar en otra cosa más que en el sufrimiento del pobre animal.


Sin pensármelo dos veces, inicié el descenso como pude, agarrándome a restos de cables, salientes y alguna roca. Probablemente no fue la mejor idea y lo mejor habría sido que llamara a la Guardia Civil o a la policía para que se encargaran ellos, pero algo dentro de mí me gritaba que acudiera a la llamada de ese pobre gato para ayudarle. Imagino que en parte quería llenar el hueco que aún sentía desde lo de mi madre y mi intención, por encima de todo, era la de volver a sentirme útil de alguna manera. Redimir, quizá, esa sensación de fracaso que me aprisionaba. Esta vez no iba a fallar costara lo que me costara.


Una vez abajo, el derrumbe descubrió lo que parecía un sistema cavernoso. Seguramente sería parte de una antigua mina y, con el tiempo, los cimientos dieron de sí, causando desplomes como este. Me detuve para tratar de localizar la dirección de donde provenían los lamentos del gato, pues la cueva me ofrecía varios caminos por los que avanzar desde mi posición. Encendí la linterna del móvil y avancé por uno de ellos, seguro de que caminaba en la dirección correcta. Los maullidos del gato se hacían cada vez más notables, pero de pronto dejaban de sonar durante unos segundos hasta que volvían a aparecer desde un punto completamente distinto. Tras lo que calculo que fueron unos diez o quince minutos sin un rumbo claro, empecé a pensar que yo mismo me uniría a los lamentos del gato, perdido en ese antiguo sistema minero.


La mente ya me estaba jugando alguna que otra mala pasada: había momentos en los que juraría que quien llamaba no era el gato, si no mi madre, gritando mi nombre desde su dormitorio, esperando indefensa como un escarabajo boca arriba en el asfalto. Solo hubo un día en que decidí salir a tomar el aire, a dar un paseo y ver el pueblo. No lo había hecho hasta entonces desde que llegué. Ahora solo puedo imaginar sus lamentos, presa de las llamas por mi culpa. El fuego, según los peritos, se había originado en la cocina. Probablemente, mi madre se levantaría a duras penas en busca de ayuda y, al ver que ya no estaba, hizo lo que pudo para prepararse algo de comer y el resto se lo pueden imaginar.


Paré para beber algo de agua de mi cantimplora y, según la guardaba en mi mochila, volvieron los maullidos. Esta vez estaban más cerca, así que me dispuse a seguirlos, con cuidado para no alarmarlo y provocar que se escabullera alargando aún más mi búsqueda. Comencé a llamarlo con el tono más dulce que era capaz de poner. Cada vez maullaba más alto y el sonido era más embotellado, como si estuviera acercándome a la fuente de los alaridos, al fondo de un túnel sin salida. Me preparé para cogerlo por si salía corriendo por mi lado. La linterna de mi móvil tampoco daba mucho de sí y solo alcanzaba a iluminar un par de metros más adelante. Avancé con cautela hasta que descubrí una pequeña masa peluda de color blanco tirada en el suelo. Me acerqué hasta que conseguí descifrar que se trataba de un gato desplomado. Asumiendo que se trataba del felino en cuestión, estiré cuidadosamente la mano para tocarlo y ver en qué estado se encontraba. Lentamente fui acercándome hasta que finalmente posé mi mano izquierda sobre su costado. Lo que sucedió a continuación fue tan rápido y la visibilidad era tan poca, que trataré de describirlo de la manera más fiel que pueda.


En cuanto apoyé mi mano sobre el lomo de lo que creía era un precioso gato blanco en peligro, la carne se plegó sobre sí misma, envolviendo parte de mi mano. Era como si de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, sus extremidades y cabeza se doblaran hacia dentro, formando una bola de pelo que engullía mi mano y parte del brazo, por encima de mi querido reloj. Noté un dolor indescriptible, como si me estuvieran aplastando la mano con una prensa hidráulica. Pude oír todos los huesos de mi mano crujir a la vez y antes de que pudiera siquiera tener el reflejo de tirar hacia atrás, la bola de pelo que me agarraba tiró de mí hacia la oscuridad, como recogida por un largo sedal de pesca. Me arrastró hacia el interior de la cueva con tanta fuerza que mi brazo se dislocó a la altura del codo y del hombro como si fuera de juguete.


Unos metros más adelante, el tirón se detuvo y pude recuperar algo de compostura, pero no por mucho tiempo. Sorprendentemente, todavía sostenía el móvil con la linterna en la otra mano, así que alumbré para ver qué narices estaba pasando y vi lo que solo podría describir como una horrible bestia. Su boca sujetaba ahora mi brazo. Era peluda y casi hasta podría decir que suave. Su pelaje cubría su gran cabeza y sus incontables patas con un estampado aparentemente arbitrario, pero que recordándolo con más detenimiento, puedo asegurar que se trataba de decenas de gatos de todos los tamaños apilados unos junto a otros como si esta abominación los hubiera estado cazando y trenzándolos como un improvisado abrigo o camuflaje.


Dejé caer el móvil para tratar de sacar el brazo de entre las fauces del animal. Su boca estaba cerrada como un cepo y sus brazos trataban de sujetarme para apresarme sin demasiado éxito. Lo único que conseguían era desgarrar mi ropa con sus pequeñas pero afiladas garras. Luché con todas mis fuerzas, dispuesto a hacer lo que hiciera falta por salir de ahí. La desesperación era tal, que fui capaz de arrancarme mi propio brazo para huir. Al hacerlo, caí hacia atrás y me golpeé la cabeza contra el suelo, pero rápidamente levanté la mirada para ver cómo la bestia se tragaba mi apéndice. Me levanté y corrí, tratando de volver por donde había venido, pero noté un fuerte tirón hacia atrás que me devolvió de nuevo a las fauces del animal. Ahora estaba apresado con la espalda contra su cara, esperando a que me devorara poco a poco por detrás, una vez terminara con mi mochila, pues otra cosa no, pero masticar... masticaba más bien despacio. Me revolví con las fuerzas que me quedaban hasta que conseguí separarme. Entonces sí que corrí. Corrí sin rumbo, tratando de no perder el conocimiento, por aquel sistema de cuevas.


Poco más puedo recordar a parte de estar corriendo sin rumbo por la oscuridad perseguido por el sonido del maullido de un gato que minutos antes trataba de encontrar. Ahora me cuidan en una cama de hospital en el que aseguran que debería estar muerto, así que supongo que algo es algo. Postrado en esta cama no puedo evitar pensar en mi madre y rara es la noche en que no sueño con ella. En mis sueños hablamos largo y tendido como si no hubiera pasado nada. El caso es que yo sé, hasta en el sueño, que ella está muerta. Y sé que hacía años que no hablaba con ella con la facilidad con la que lo hacía en mis sueños. Mi manera de entenderlo es que debo dejar atrás mi dolor y mi arrepentimiento, de la mejor forma que sé. Recordarla como era antes, sin olvidarme de cómo terminó siendo, es lo único que puedo hacer para hacerle justicia. En cuanto me recupere volveré a Barcelona y pienso llevarme a mi madre conmigo, en mis sueños.