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  • Marina Martín Laguna

Crónicas de El Borrao: Laura

¿Mi Laura?


Es viernes, para muchos “bendito viernes”, para mí sólo es viernes. O eso creo yo. Viernes 12 de Junio del 2020. Recreo el camino que hizo Laura el día en el que la vi por última vez. Llevo haciéndolo desde algo más de una semana con la esperanza de encontrar alguna pista. ¿Dónde estás?


Hace frío para ser primavera. Aunque la climatología lleva días jugando con nuestros armarios. Antes de ayer estábamos a temperatura “chancla”, pero ahora parece que el frío ha vuelto para, como decía mi abuelo, “encogernos las pelotas”. La gente no lo acepta. Preferimos cambiar el mundo antes que volver a sacar la ropa de invierno. Pasean con sus camisetas de tirantes, sus shorts y sus alpargatas. Yo no. Yo llevo jersey. Yo me adapto al clima, aunque eso signifique no adaptarse a la sociedad.


Una pareja de niños corre acera arriba mientras el que va detrás le grita al de delante “¡Espera! ¿Por qué no me quieres? No corras tanto que no puedooo, joooo…”.


Los niños tienen el don de formular las preguntas que los adultos callan por la estúpida creencia de que “la ignorancia hace la felicidad”. Como si la incertidumbre no doliera. Puede que no te quiera porque eres lento o demasiado pesado, puede que sea porque no sabe lo que es el cariño o… quizá sí, pero tú, en tu necesidad de victimismo, no lo sabes ver. Qué triste pensamiento para un viernes. Al final da igual lo que nos inventemos, todos los días son iguales. Las angustias. Los miedos. Las plantas… no por ser fin de semana vas a dejar de regar las plantas.


Los chavales giran una esquina y, poco después, lo hago yo. Ventajas de tener unas piernas excesivamente largas en comparación con las de un niño. Bueno, en comparación con las de cualquier ser humano, pero sobre todo con las de un niño. De pronto ¡PUM! Sin darme cuenta acabo de derribar de un rodillazo en la frente al más lento de los dos. Llora, pero no por el impacto.


- ¡Señor! ¡Señor, señor, señor, señor! ¡Ha desaparecido!

- Cálmate…

- Estábamos corriendo. Iba delante de mí y de pronto ¡CATAPLIM! Su cuerpo se volvió blanco, blanco, blanco como un papel y… desapareció.


Compruebo que no tiene fiebre y le digo que no se preocupe, que lo más seguro es que esté escondido en alguna parte o que el sol le haya cegado mientras su amigo se alejaba corriendo o… huyendo. Lo segundo me lo guardo para mí.


- ¿Hacia dónde corríais?

- Al mercado, a por lampreas para las patatas. A mí me encantan.

- Ven conmigo. Te acompaño.


Supongo que no pasa nada por desviarme un poco del recorrido de Laura. Ella habría hecho lo mismo. Además, debería parar en alguna cafetería para ir al servicio. No sé cuánto más aguantaré.


Avanzo unos pocos pasos y cuando me giro para preguntarle al niño por su nombre veo que ya no está. No me extraña. Lo más inteligente es alejarse de los desconocidos y mucho más si saben cómo te llamas. Sobre todo en El Borrao.


Mientras me dirijo hacia el mercado para encontrar al “rápido” una mujer caracterizada de campesina medieval corre en dirección contraria. No grita. Huye. Tras ella cinco hombres. A uno le pongo la zancadilla. Más no puedo hacer. De pronto me doy cuenta, todo el mundo en este pueblo huye de algo. ¿Y yo?


Ahora hace calor. ¿Por qué hace calor? Maldito cambio climático, cada vez es más drástico. Continúo hasta llegar a la plaza, pero la plaza ya no está. ¿Es “ya” la palabra correcta o debería decir “todavía? Agito la cabeza zarandeando mi percepción del espacio-tiempo. Lo que veo frente a mi es una explanada plagada de tiendas de campaña militares. Un prisionero carga con unos cuantos cadáveres dentro de una carreta. Estamos en guerra. ¿Qué guerra?


Decido sentarme a pensar, pero el sol me abrasa el raciocinio. Maldito calor. Puede que sea eso, una alucinación causada por un cambio drástico de la temperatura. A lo mejor me han drogado. Puede que ahora mismo esté tirado en la calle, completamente inconsciente y rodeado por mi propia orina. No. Definitivamente sigo sintiendo la vejiga hinchada.


Decenas de soldados sucios, malolientes y desnutridos corren de un lado para otro con sus armaduras y sus mallas metálicas. ¿Qué día es hoy? ¿Estarán ensayando para el día de la recreación de “la matanza de las santas brujas inocentes”? Saco el móvil para comprobar la fecha: 12 de junio del 2020. Tal como yo pensaba. Marco el teléfono de la redacción. De pronto, el ruido de una potente y ensordecedora interferencia nos obliga a todos a taparnos los oídos. Una voz masculina carraspea. Todos se arrodillan como si fuera Dios quien se está preparando para hablar:


“Aquí Dj Todorov, ¿hay alguien más flotando en este éter de color púrpura? O puede que al final me haya quedado solo…”


Mientras esas gentes le rezan a nuestro Dj, yo persigo su voz con la esperanza de que me guíe hasta la torre de radio que corona El Borrao. No pares. Continúa hablando. Ya casi estoy. Corro, corro y corro por este Borrao desconocido y medieval repleto de penitentes y boñigas de caballo.


Cuando cesa el discurso y comienza la música, oleadas de Borrenses emprenden mi mismo camino, pero ellos lo hacen de rodillas. Sangran. Sufren. Me ignoran, a mí y a otra figura que se mueve veloz entre ellos. ¡Es el niño! El desaparecido de las lampreas.


- ¡Eh! Chaval. ¿A dónde vas? ¡Ven aquí!


Nos miramos, pero es cómo intentar ayudar a un ciervo herido. Huye en cuanto intento acercarme. Tengo que pensar rápido. Suelto lo primero que se me viene a la cabeza.


- ¡¿Encontraste las lampreas?!


El niño frena. Respira acelerado. De nuevo, nos miramos.


- Ven conmigo, anda. Que tu amigo estaba muy preocupado por ti. Si no quieres no te acerques, pero sígueme a ver si encontramos la torre.


El niño asiente. Me sigue desde una distancia prudencial mientras esquivamos a los súbditos de Todorov. Tiene que ser un sueño.


A medida que nos vamos acercando, la torre de radio se comienza a perfilar. Como el típico oasis en mitad del desierto que tantas veces hemos visto en las películas. Qué locura. Ahí está la torre. Confieso que no tenía ninguna esperanza de encontrarla, pero lo hemos conseguido.


Entro. El niño me sigue. Allí todo es muy 2020. Subimos hasta el estudio de Dj Todorov, pero una mujer de seguridad nos impide continuar. Asegura que mientras no se abra la puerta “Dj Todorov está vivo”. No queriendo convertirme en un asesino decido alejarme del estudio. En su lugar, miro por la ventana y veo El Borrao. Mi Borrao. El de toda la vida. Veo el reflejo del chaval junto a mí. Alargo el brazo para pasárselo por los hombros.


- Lo hemos conseguido, colega.


Mi brazo cae sin apoyo. El niño no está. Ha desaparecido, pero El Borrao sigue ahí. Salgo a la calle, saco el móvil y llamo a la redacción. Es Laura quien contesta. ¿Mi Laura? Da igual, no todos los viernes se convierte uno en el protagonista de uno de sus artículos, pero éste pueblo es así. Todos tenemos que huir en algún momento.


Laura me corrige: "Es domingo". Qué calor hace con este jersey. Menos mal que llevo chanclas.

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