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  • Marina Martín Laguna

El infierno llega a El Borrao

El sueño que está invadiendo todo el pueblo


Desde hace más de una semana, todos, y cuando digo todos, hablo de absolutamente TODOS, hemos estado teniendo la misma pesadilla noche tras noche, pero ¿qué significa?


Desde una boca de metro, un murmullo nos llega de las profundidades de la tierra. “Qué raro, juraría que El Borrao jamás ha tenido metro. Este alcalde nuestro cada vez tiene ideas más peregrinas”.


Acompañados por el tintineo de unas campanillas y el ritmo medieval de una flauta, bajamos por unas escaleras hasta llegar a un inmenso hall con mosaicos en las paredes, en el suelo, ¡en el techo! “Están por todas partes. Son como salpicaduras. Como si hubieran metido una trucha en el bote de pintura y la hubieran dejado ahí chapoteando sobre las paredes”.


El murmullo se acentúa, pero no hay nadie más allí abajo. Estás solo entre aquel coro de voces ajenas, ininteligibles, lastimeras… y comienzas a preguntarte: “¿Serán las cañerías? ¿Puede que fantasmas? o, quizá esté escuchando mi propio pensamiento”.


De pronto, un terremoto, el suelo comienza a vibrar tan rápido que el cosquilleo que te provoca en la planta de los pies duele. Duele mucho. Es insoportable. Saltas tratando de mitigar la tortura, pero cuando la vibración cesa, tus pies se quedan anclados a los mosaicos que se transforman en escaleras mecánicas. Comienza el descenso, pero ¿a dónde?


“Piensas que vas a morir. Que cuando llegues al fondo todo se apagará. El cerebro se apagará. Mi corazón latía rapidísimo y lo más asfixiante es que las paredes me devolvían mi propia respiración. Es como si estuviera dentro de mi misma. De mis pulmones. Como bajando por la tráquea hasta llegar a… unas vías. Filas y Filas de serpenteantes carriles. Vacíos. Abarcando un espacio infinito” – describía una de las víctimas de la pesadilla.


Al alcanzar el fondo, tus pies se liberan, pero pronto te das cuenta de que las vías no existen. Son espejos reflejando la imagen de una fotografía colocada sobre una pared. Un trampantojo eterno en un espacio estrechísimo en el que apenas cabéis tú, un banco y el señor que está sentado en él. Un hombre muy delgado con una boina roja en la cabeza y otra negra en su regazo. El humo de su pipa te susurra invitándote a sentarte junto a él.


- Buenas noches, ¿No sabrá usted por casualidad dónde estamos?

- ¿Estamos? Yo no estoy, tan sólo soy y tú también.

- ¿Y qué somos?

- Mira a tu alrededor. ¿Qué ves?

- Nuestros reflejos.

- ¿Qué te hace pensar que no eres tú el reflejo? Quizá… ni siquiera exista tal cosa.


Se gira hacia ti y os miráis, por primera vez. A pesar de la extrema delgadez de su cara, su sonrisa es relajada, sincera, tranquilizadora… imperturbable. De pronto te das cuenta, el murmullo ha cesado. Impera ahora el silencio.


Al otro lado de los ¿espejos? la existencia se independiza más allá de tu voluntad de carne y hueso. Unas risillas alegres resuenan anárquicas en las paredes. Sin origen. Sin dirección. Agudas y punzantes penetrando hasta desordenar tus pensamientos.


- ¿Estás aquí, papaíto?


Dos infantes sin género, disfrazados de hadas con patines de cuatro ruedas, cruzan los espejos hasta llegar a vosotros tocando un acordeón y un violín. “Ahí es cuando te cagas. Mira que no tendrán más de 8 o 9 años, pero… terroríficos esos ojos, esas sonrisas de diablillos… esos rabos que ¡ojo! no los ves, pero se intuyen. Sabes que están”. El hombre vuelve a mirar hacia adelante. Primero desaparecen sus reflejos y después él. Tan sólo queda la boina negra que apoyaba en su regazo. La coges, no sabes porqué pero lo haces. Te la pones.


- ¡Papá!


Te abrazan como si te conocieran. Lloran, y las lágrimas salen del suelo, trepando por tu cuerpo hasta alcanzar los ojos y adentrarse en ellos. Quema. Lejía. Azufre. Te arrancarías los ojos para huir del dolor.


- Papaito, malo. ¿Te estabas escondiendo?


De nuevo, el murmullo ininteligible y lastimero. Abres los ojos para ver que has vuelto al hall de los mosaicos. No puedes moverte. Estás enterrado en ellos. Únicamente tu cabeza sobresale. Arriba y abajo no existen.


¡De pronto! A escasos centímetros de tu cara, otra cara que te observa. No tiene párpados ni labios. Está casi seca, pero viva. Parece que quiere hablarte, pero de su boca no salen más que lamentos que se entremezclan con los de millones de cabezas que conforman esos mosaicos salpicados. El murmullo. Eres tú.


“Joder, te das cuenta de que todas esas cabezas son tuyas y que estaban ahí antes de que llegarás tú. Entonces… ¿quién eres? ¿y ellos?” – balbuceaba otro de nuestros vecinos.


Por ahora, nadie sabe quién o… qué está jugando con nuestros sueños, pero los casos de insomnio han incrementado en un 35%.


“No es por la pesadilla en sí, es que ya aburre. Todas las noches lo mismo y venga… dale que te pego con el maldito metro. Dormir es como protagonizar una película. Si te ponen la misma todo el rato pues al final te aburres. Lo único que pedimos es que cambie de pesadilla porque el infierno ya lo tenemos mu visto” – declaraba el alcalde, en exclusiva para este periódico.

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