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  • Roberto Márquez

Guía de Viaje de El Borrao: El barco noruego (2ª parte)

Continuamos la apasionante historia del naufragio del KNM Malplassert, tal y como la narró en su momento el capitán Olaf Ingstad


¿Te perdiste la 1ª parte? Léela aquí: Guía de Viaje de El Borrao: El barco noruego (1ª parte)

"Me temo que el barco ha encallado, me comunicó el jefe de máquinas, Monsieur Boissieu."


El Capitán Ingstad detuvo el relato en ese momento y preguntó si podía fumar. Alguien en su lado de la línea le ofreció su mechero y el sonido del viejo marino dando chupadas a una pipa resonó por todas las radios de El Borrao. Tosió un par de veces, y continuó:


"Cualquiera que me esté escuchando ahora estará pensando lo mismo: ¿Cómo podíamos haber encallado en alta mar? Es una pregunta pertinente, pero disculpadme si os digo que en ese instante el cómo habíamos llegado a esa situación me preocupaba mucho menos que sus consecuencias: a mis pies, Méndez yacía bocabajo con sangre manando de su cabeza y estaba seguro de que más marineros se hallaban en situación similar, allá, en cualesquiera fuesen las partes de la nave donde les hubiera cogido faenando la brutal y repentina sacudida, pero mi prioridad inmediata era cerciorarme de que el barco no se iba a ir a pique en los minutos siguientes, así que ordené a Boissieu que parase las máquinas y que verificase de inmediato la integridad de la carena. Dejé a Jackson atendiendo a Méndez y salí con intención de bajar personalmente a echarle una mano, pero apenas había recorrido dos tramos de escalera, cuando la popa se elevó sensiblemente y me arrojó rodando escalones abajo, hasta caer en la cubierta con las manos por delante.


Tendido a cuatro patas, asumí que había perdido el barco. La popa se levantaba, así que la proa se estaba hundiendo. Debíamos evacuar, ¿Cuánta gente había en las cubiertas inferiores? La cabeza me daba vueltas por los golpes recibidos. Me levanté agarrándome a una maroma y me llevé el silbato a los labios. Sople con todas mis fuerzas, llamando a todos a cubierta mientras me tambaleaba en dirección a una de las escotillas de la entrecubierta. De repente, el barco empezó a aullar: algo empujaba el casco en diferentes direcciones, y el acero se dolía como un cachorro asustado mientras el navío se mecía suavemente, como si lo acunaran. Volví a caer al suelo, y vi como una de las grúas, vencida sobre su propio peso, volcaba sobre la borda del barco. El cable de acero se recogió violentamente sobre la cubierta, barriéndome fuera del barco. Recuerdo pensar, mis hombres, mis hombres, mientras seguía soplando el silbato, cayendo en la oscuridad.


Desconozco durante cuánto tiempo perdí la consciencia, pero cuando volví a abrir los ojos, me encontré con un cielo enrojecido por la mortecina luz del ocaso. El cuerpo me dolía tanto que la idea de moverme ni se asomaba a mi cabeza, pero ya en esos años me había cogido las suficientes borracheras en otros tantos puertos como para reconocer, sólo por el tacto en mis costillas, que me había despertado en una calle empedrada."


En ese momento, alguien que se encontraba junto al capitán le pidió que se limitase a contar las circunstancias del naufragio. Los dos hombres -Olaf y el desconocido- comenzaron a discutir, pero hablaban demasiado deprisa para el traductor y enseguida silenciaron su extremo de la línea. Pasados unos minutos de infarto en los que el locutor de la radio tuvo que anunciar en repetidas ocasiones que la conexión con la embajada seguía abierta, y que por favor dejaran de llamar al teléfono de la estación para darle la tabarra, el pueblo recibió con un suspiro de alivio colectivo la vuelta al aire de la voz del capitán Ingstad.


"Mis queridos compatriotas me han conminado a que me ciña únicamente a las circunstancias que atañen al naufragio durante los minutos que me restan de conferencia. Aun así, quiero deciros a todos los borrenses que podéis sentiros orgullosos, pues fue gracias a un paisano vuestro que pude volver a poner pie en mi patria tras un azaroso y desconcertante viaje. Que quede mi agradecimientos dicho.



Así pues, descubrí el destino final del Malplassert de la boca del mismísimo Mortimer Hendrick, tercer oficial de la nave e íntimo amigo mío, veintitrés días después de caerme por su borda. Habían sido rescatados apenas dos días después del incidente. Yo conseguí poner pié dentro de nuestras fronteras y presentarme ante las autoridades competentes alrededor de tres días después, pero la supervivencia del otro nos resultaba totalmente desconocida, puesto que el gobierno no decidió revelárnosla hasta después de haber pasado por separado dos semanas de exhaustivas evaluaciones psiquiátricas. Viendo que nuestras historias concordaban hasta el punto en el que separamos nuestros caminos, el gobierno decidió formar un comité para verificar los datos que les habíamos proveído. Sin embargo, de eso, como de mi viaje particular, no puedo hablar."


El capitán volvió a chupar de su pipa y exhaló sobre el micrófono.


"Lo que sí puedo contaros es lo que me dijo Morty, dios lo tenga en su gloria, palabra por palabra. Escuchad bien y que no se os olvide, porque yo soy el último superviviente del navío de su majestad Malplassert y una vez me hunda en las tinieblas, no quedará nadie para contarla:


En el momento de la sacudida, Mortimer y el marinero español, Gonzalo, habían conseguido fundir dos de las seis trincas de la escotilla, abriendo un pequeño hueco por el que habían conseguido verificar que el marinero Szapowsky se encontraba en buen estado de salud, si bien se encontraba muy nervioso. Mortimer estaba tratando de calmarle, cuando el impacto les tiró al suelo y lanzó el equipo de soldadura deslizándose por el suelo contra uno de los mamparos, aplastando por completo la boquilla mezcladora. Afortunadamente no sufrieron más que magulladoras, pero cuando recuperaron la compostura, Szapowsky gritaba desesperado pidiendo ayuda: la estiba se había corrido y uno de los contenedores se le había echado encima de tal forma que le había arrinconado contra la esquina de la escotilla. El pobre Szapowsky gritaba con los ojos fuera de sus órbitas, consciente de que un simple meneo del barco podría aplastarle como una fruta pasada contra la pared de acero.


Mortimer y Gonzalo cogieron la llave inglesa de grandes dimensiones con la que habían intentado forzar el mecanismo de cierre y la introdujeron en el hueco de la escotilla, cargando todo su peso en ella. La puerta, probablemente dañada por el impacto del contenedor, terminó cediendo y Szapowsky cayó sobre sus rescatadores llorando como un bebé. Al consolarlo, Morty se dio cuenta de que el marino estaba cubierto por un polvo terroso, similar a la arcilla. En cualquier caso, no tenían tiempo que perder, pues el barco se estaba inclinando y zarandeando de forma antinatural. Mortimer empujó a los marinos escaleras arriba, siguiendo el sonido de mi silbato, pero cuando Gonzalo abrió la escotilla a cubierta, la torre que segundos después me derribaría a mí cayó a plomo sobre él, hundiendo el suelo, y con él, el cráneo del español hasta bien metido entre sus hombros. La visión horrorizó a Szapowsky más allá de toda medida, haciendo que se aliviase al instante y allí mismo. Mortimer le agarró del brazo y tiró en dirección a la siguiente escotilla, a la que llegaron a duras penas, rebotando contra los mamparos laterales cada vez que el barco se inclinaba súbitamente a uno u otro lugar.


Cuando consiguió salir a cielo abierto, el caos reinaba en la cubierta: varios marinos se afanaban como podían en descolgar los botes salvavidas, mientras el barco seguía inclinándose cada vez más. Uno de los marineros que estaba aventando el bote localizó a Morty y con el rostro desencajado le gritó desgañitándose: ¡no toca el agua, no toca el agua! Morty se asomo por la borda, intentando descifrar qué quería decir el pobre desgraciado. Me dijo, con los ojos volando de un lado a otro, como si todavía lo estuviera viendo: me asomé y me di cuenta de que quería decir exactamente lo que estaba diciendo, capitán. El agua estaba retrocediendo, y bajo el casco, poco poco, estaba apareciendo una masa de tierra, como el pico de una montaña. Estaba levantando la nave por encima del mar y los cabos que amarraban el bote eran demasiado cortos; estaba colgando como un hombre ahorcado, chocando contra el casco. Otro movimiento del barco y la chalupa se balanceó hasta que las cuerdas se soltaron de las cornamusas y cayó, estrellándose contra las rocas, y la montaña bajo nuestro barco crecía y crecía, y quizá perdí la cabeza en el momento, y por eso nos han tenido todos estos días contándole esta historia una y otra vez a los loqueros, pero recuerdo observar el casco y pensar: ¿Está la tierra reptando hacia arriba?


Incapaces de bajar los botes salvavidas de forma segura, Mortimer ordenó abandonar el barco. Todos los tripulantes que se encontraban en cubierta, que desgraciadamente no eran todos los que embarcaron, saltaron a las gélidas aguas del Mar del Norte. Algunos lograron pasar la formación rocosa, otros no. Suficiente suerte era que el mar se hallaba en relativa calma, de forma que pudieron nadar lejos del barco y reposar agarrados a los maderos del bote que se había despeñado. Mortimer me narró así los últimos minutos del KNM Malplassert:



Estaba en el agua, tocando el silbato para que los hombres no se desperdigaran, cargando con el inútil de Szapowsky, cuando pude ver con claridad la silueta del barco elevándose contra el cielo nocturno. Por un instante el mar quedó en silencio. Contenimos la respiración. Las únicas luces encendidas eran las de navegación y las del puente, así que casi no veíamos qué pasaba, pero juraría que la tierra se extendió alrededor del barco, casi como una mano agarrando un juguete, y cuando hizo firme su agarre, el barco empezó a descender lentamente. Metro a metro fue desapareciendo la montaña otra vez en el mar, y luego el barco. Cuando ya casi había desaparecido vi algo que me encogió el corazón y que me perseguirá hasta el día que se me coman los gusanos: en el interior del puente, recortado contra el ventanal por la luz del interior, Jackson nos observaba sin entender qué pasaba. Apoyó sus manos contra el cristal y le vimos desaparecer suavemente bajo la superficie. Me pregunto, Olaf... ¿Tú crees que el también podía vernos, o que sólo vio oscuridad?


Los supervivientes del naufragio fueron rescatados a la mañana siguiente por un barco de investigación suizo que se encontraba casualmente por la zona investigando las rutas de migración de las ballenas. Los científicos atendieron a los heridos y les facilitaron ropa limpia y seca. Hacían una fondue fantástica, pero se quedaron mi parca Olaf, me dijo Mortimer más tarde entre risas. Y esa es la historia del naufragio del KNM Malplassert."


La retransmisión quedó en silencio, y la gente que se había reunido en la Plaza del Ayuntamiento de El Borrao estalló en un sonoro aplauso. Sin embargo los altavoces que habían instalado para escuchar la historia volvieron a crepitar.


"Y esto, esto no se lo he contado a nadie, ni siquiera a los señores del gobierno que aquí me acompañan, que si quieren escuchar lo que voy a decir, mejor que no me corten o no volveré a repetirlo. De todos los supervivientes, hubo uno que no se recuperó: el pobre Szapowsky. Después de lo que pasó perdió la chaveta completamente y le encerraron en un manicomio. Mortimer y yo hicimos costumbre de ir a visitarle, porque en cierta manera nos sentíamos responsables de lo sucedido. En uno de nuestros paseos por el jardín, Mortimer le señaló que tenía el pelo y los hombros polvorientos. Szapowsky, resignado, le dijo que no tenía remedio. Desde el día del naufragio, toda su ropa estaba llena de ese polvo rojizo: era del contenedor que se abrió con la tormenta, ¿Recuerda que le llamé, capitán? Se deslizó y se golpeó contra el mamparo, y la puerta se abrió de par en par y se derramo una tonelada de arena roja... Era como cuando era niño en la playa. Desde entonces no hay manera, no puedo quitármelo. Szapowsky, se río, espástico. Sintiendo una punzada en el estomágo, le pregunté si sabía el destinatario de ese contenedor, y Szapowsky me contesto con ojos inquietos: lo siento capitán, no había destinatario. Siguió caminando sin darle importancia, pero añadió: venía de El Borrao."


Olaf Ingstad hizo una pausa y dio un par de chupadas más a su pipa.


"Aproximadamente un mes después, Szapowsky desaparec-"


La línea se cortó en ese instante y fue imposible retomar la conexión. El alcalde consideró la experiencia como muy satisfactoria, ya que los vecinos de El Borrao habían aprendido cómo el barco noruego había acabado naufragando. Muchos vecinos se quejaron de que eso no despejaba la incognita de cómo había llegado a posarse en el risco. El alcalde prometió indagar el asunto, y una semana después la embajada noruega sorprendió a los vecinos regalando varios palés de salmón ahumado y crema de manos. En respuesta, la gente del pueblo envió a la embajada noruega varios jamones y botes de espárragos del pueblo, pero su paquete, por razones desconocidas, fue devuelto al remitente.


Así que ya sabes, viajero, si te encuentras en El Borrao, no lo dudes y visita el barco noruego.

¡El Borrao te espera!


La Guía de Viajes de El Borrao es una publicación semanal que recopila lugares interesantes y actividades notables que nuestro querido pueblo ofrece a viajeros, trotamundos y turistas.