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  • Roberto Márquez

Guía de Viaje de El Borrao: El Estúpido Camino Por El Que Te Pierdes

Un lugar que tienes que visitar, quieras o no

Sabe el viajero de parca polvorienta y botas gastadas que El Borrao es un pueblo cuyos rincones reciben, siempre con agradecimiento y generosidad, el rítmico zapateo de pies foráneos. Recorriendo cualquiera de las calles que se extienden en las ocho direcciones, retorciéndose como patas de pulpo, desde la Plaza del Ayuntamiento, puede uno encontrarse con pintorescos locales de restauración, o sorprendentes e interesantes bazares que emergen como flores salvajes del empedrado pulido, ofreciendo al curioso visitante sus mercancías. ¡Qué placer resulta deleitarse el paladar con el famoso vino púrpura de El Borrao! ¡O comprar, a modo de souvenir, una reproducción en barro cocido de la estatua de la Diosa! O girar una esquina y darse cuenta de que, en el último desvío, las leyes de la física han tomado el camino opuesto. Descubrirá entonces, con asombro, el viajero, que ha dado sus primeros pasos en El Estúpido Camino Por El Que Te Pierdes (EECPEQTP).



La primera señal que tendremos de que nos hemos internado en EECPEQTP, es que los vecinos comenzarán a cerrar las ventanas súbitamente a nuestro paso. De una forma agresiva, casi violenta, como si temieran al paseante, o quizá, a algo que le acompaña de manera inmaterial. Si esta reacción le provocase al visitante aprensión, sintiendo quizá que es una muestra de rechazo al forastero, no debe preocuparse uno, puesto que si consiguiese adelantarse y atisbar el interior de una de las casas, antes de que cerrasen los portillos, comprobaría maravillado que las manos que accionan los goznes no están conectadas a nada, y que tras los visillos sólo aguarda un espacio vacío de techos y fondos blancos.


El viajero debe ser consciente de que es imperativo que desde ese momento siga siempre hacia delante, puesto que si decidiese recular con intención de abandonar EECPEQTP, no haría más que caminar de forma imperecedera, hasta sufrir los estragos de la deshidratación y el hambre. No, uno debe poner la vista al frente y afrontar los retos que le esperan hasta la salida, disfrutando de la experiencia con una sonrisa en el rostro.


Pasadas las casas con ventanas, notará el avezado excursionista que a su espalda comienza a sonar, distante, una banda de música. Entonando una melodía, como dicen los jóvenes, demodé, que le recordará a las big bands americanas de los años 20.


Desde ese instante y hasta que vuelva a disfrutar del silencio, uno no debe mirar atrás bajo ninguna circunstancia. Es posible que notemos la música acercarse y alejarse de forma intermitente, de manera que a veces parezca que transiten por una calle paralela, mientras que otras resonará de forma atronadora justo detrás de nosotros, haciéndonos sentir que en cualquier momento seremos pisoteados por la marcha de treinta músicos muy bien vestidos. Pase lo que pase, el viajero debe disfrutar de su paseo en calma, con la vista fija adelante, incluso cuando empiece a escuchar una voz que le hace scat pegada a la oreja.


Tal y como sucede con todas las bandas callejeras, su actuación se verá interrumpida por el mal tiempo. Así sabrá el paseante que ha llegado a la siguiente etapa de su viaje: durante dos minutos treinta y seis segundos, una lluvia fina pero constante caerá sobre EECPEQTP. Recomendamos al viajero guarecerse en uno de los soportales y no pensar demasiado sobre por qué la lluvia está un poco salada. Una vez acabe la lluvia, una espesa niebla inundará la calle, dificultando la travesía. Es muy posible -aunque no hay certeza de que suceda en todas las ocasiones-, que en medio de la bruma vea uno la figura de un hombre con un candil, que se acercará a nosotros y nos ofrecerá guiarnos por el camino. Bajo ninguna circunstancia debe uno dirigirle la palabra. Haremos como que no existe, y seguiremos adelante apoyando nuestra mano en la pared derecha, a fin de mantener el rumbo adecuado. El hombre del candil puede ser insistente, pero si uno se mantiene firme en su silencio, acabará yéndose por donde ha venido.



Pasado el rato, verá el paseante con agrado que la bruma se disipa, dando lugar a una pequeña plaza con un escenario y dos atriles. Sabrá entonces que ha llegado el momento del debate. Esperando allí hay siempre una marabunta de niños, vestidos con elegantes uniformes de colegio, que obligaran al viajero a subir al estrado. Ahí arriba deberá mantener un debate con el campeón de los niños sobre un tema de su elección, dentro de una amplia selección de materias: política, filosofía, historia, biología... Afortunadamente, a pesar de su pomposa apariencia, los niños parecen no tener ni idea de lo que hablan, y argumentarán cosas como "¡El mar es azul porque está hecho de agua que cae del cielo", o "Platón es famoso por ser el filósofo que inventó la primera vajilla", o "Las cebras son sólo caballos a medio vestir" . No será complicado derrotarles, en cuyo caso, la turba de chavales se apartará para revelarle al viajero el siguiente tramo del camino. En la improbable coyuntura de que el paseante no sea capaz de imponerse con palabras, la única solución será abrirse paso a puñetazo limpio, una solución tan válida y aceptable como la anterior, pero mucho más agotadora y que conlleva una gran probabilidad de perder botones de la camisa y mancharse los zapatos de sangre.


No debe sorprenderse el viajero al ver que la calle empedrada se convierte en un rústico camino de campo. Es este el último tramo de EECPEQTP y el más agradable, pues nos lleva a través de un bosque sombrío de agradable temperatura. Verá en la distancia la figura de una mujer vestida de largo que le sigue el ritmo en paralelo, más allá de los árboles. No se preocupe, está allí por su seguridad: cuando ella se detenga, el excursionista debe también detenerse. Cuando ella se tape los ojos, imítela sin vergüenza. Ella le hará saber cuándo puede volver a abrirlos. Ignore en todo momento los gritos pidiendo ayuda y los lamentos descarnados que escuchará de forma intermitente. Igualmente, no debe perder los nervios al percatarse de que hay leñadores de pie a la vera del camino, observándole en silencio mientras camina. Limítese a disfrutar de la exuberancia del verde y la frescura de la húmeda floresta.



En un momento dado, la señora que le acompaña en la distancia se perderá en la espesura. Se percatará entonces el viajero de que al final del camino hay un pequeño atril de madera noble y un libro de grandes proporciones: es el libro de visitas. No debe olvidarse de firmar y dejar por escrito, de forma sucinta pero motivadora, cómo ha sido su experiencia. Una vez haya dejado su rúbrica, comprobará que junto al atril hay una portezuela en el suelo. Para terminar su viaje, el paseante sólo debe levantarla y bajar por la escalera de mano que descubrirá, hasta encontrar la salida al otro lado. Es posible que uno se sorprenda, y también que se maree un poco, al descubrir que la salida está en el mismo suelo de la Plaza del Ayuntamiento y que, aun habiendo bajado unas escaleras, lo primero que asomemos sea nuestra cabeza. No se preocupe, tal es la naturaleza de EECPEQTP.


Ahora que ha vuelto, atesore la experiencia, cuéntesela a sus amigos, y recuerde: bajo ninguna circunstancia mire las fotos que haya tomado durante el viaje.


¡No queremos que se pierda de nuevo!


La Guía de Viajes de El Borrao es una publicación semanal que recopila lugares interesantes y actividades notables que nuestro querido pueblo ofrece a viajeros, trotamundos y turistas.

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