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  • Roberto Márquez

Guía de Viaje de El Borrao: El barco noruego (1ª parte)

Continuamos nuestro viaje por el pueblo "abordando" uno de sus más sorprendentes yacimientos arqueológicos: el lugar de reposo del KNM Malplassert


Es duro para el viajero tener que elegir destino; si uno se va a la montaña, se pierde las delicias de la costa, mientras que si se decanta por los placeres marinos, debe olvidarse, al menos momentáneamente, de las alegrías propias de la campiña. Excepto, claro está, si se encuentra de visita en El Borrao, el único pueblo de interior que cuenta entre sus atractivos con la posibilidad de visitar los restos de un auténtico naufragio.


Para ello, no hay más que dirigirse a las afueras del pueblo, allí donde el bosque y la montaña se besan y se enredan en un abrazo convulso de pardo y verde, descubrirá maravillado el viajero la silueta de un buque mercante recortada contra el cielo naranja, posado en la punta de un pequeño risco en prodigioso equilibrio: es el KNM Malplassert y las circunstancias que rodean su existencia son del todo merecedoras de ocupar unos párrafos en nuestra guía.


El barco noruego, como es conocido por los paisanos, fue descubierto en 1981 por Genaro Coromillo, un cartógrafo amateur que se encontraba realizando unas mediciones del terreno. Había tomado como proyecto personal el crear un mapa orográfico de El Borrao, con el fin de desmentir la leyenda local -todavía no refutada- de que la geografía del lugar cambia ligeramente de año a año. El buque estaba sobre un picacho solitario, a veintiséis metros de altura. Parecía ser un barco de carga general de mediados de siglo, predecesor de los actuales buques portacontenedores, y su exterior estaba deteriorado por los elementos, con grandes zonas de óxido corroyendo un armazón trufado de hendiduras. La chimenea se encontraba hundida por la mitad, inclinada sobre el puente hacia la cubierta, desde donde pendían, derrumbadas sobre la borda, un par de grúas de acero. En lo alto del castillo ondeaba, raída y casi desprovista de color, una bandera del Reino de Noruega.


Genaro Coromillo se sorprendió por lo inusual de encontrarse un barco en la montaña, a gran distancia de cualquier costa, pero se sorprendió aún más al comprobar que estaba cubierto de algas y goteaba agua, como si lo acabaran de rescatar del lecho marino. Cuando el alcalde se puso en contacto con la embajada noruega para darles la noticia, estos se ofrecieron amablemente a rastrear el origen del barco. Apenas tres días después, el alcalde recibía una llamada de vuelta desde la sede diplomática. Le informaban de que no sólo habían encontrado el origen del barco, también habían localizado a su capitán, Olaf Ingstad, que se había ofrecido amablemente a contar la historia del último viaje del KNM Malplassert.


La declaración del viejo marino se convirtió en todo un evento en el pueblo, hasta el punto de que la conferencia telefónica fue emitida de forma íntegra y sin cortes, en riguroso directo y con traducción simultanea a través de la radio local.



"El KNM Malplassert zarpó por última vez, conmigo al mando, el día 22 de febrero de 1956. Nuestro viaje nos debía llevar desde el puerto de Róterdam, en los Paises Bajos, hasta el de Bergen, en Noruega. Nuestra bodega estaba ocupada principalmente por contenedores de fruta, aunque la naviera gustaba de aprovechar hasta el último céntimo gastado en fuelóleo subastando el espacio en los entrepuentes a cualquiera que pudiera extenderles un cheque. A mí esto me parecía intolerable, porque hacía que el barco se escorase en exceso, y nuestra ruta nos llevaba por el Mar del Norte, que para los no duchos en marinería aclararé: es un lugar traicionero, donde la lluvia y la niebla perenne esconden de forma mezquina el nacimiento de súbitas tormentas; vientos huracanados y olas enormes, capaces de zarandear los barcos con suficiente violencia como para convertir en compota los cargamentos de fruta que tan orgullosamente transportábamos en la bodega, si no se aseguraban con eficiencia. Debía, por tanto, tener a un par de marineros vigilando de forma continua la carga para asegurarme de que los envites de las olas no producían ningún corrimiento de la estiba.


¡No crean, sin embargo, que yo manejaba la nave con miedo! Ya tenía muchos años a mis espaldas, y hasta entonces ninguna tormenta había conseguido remojarme la barba. Mantuve rumbo al norte, siempre a 30 nudos, planchando las olas a mi paso. Las ocho primeras horas discurrieron con normalidad, y de lo que sucedió después me niego a hacerme responsable.


Me encontraba yo en el puente, compartiendo unas galletas con Mortimer Hendricks, el tercer oficial, cuando la lámpara del teléfono autoexcitado empezó a parpadear con insistencia. Morty descolgó y se puso el aparato receptor en la oreja. Tras unos segundos, se separó de él y golpeó el auricular con una mano: ¡Szapowsky! ¡Szapowsky, me escucha usted? Incapaz de retomar la comunicación, Morty me dijo que Szapowsky, el marinero que se encontraba en turno vigilando la carga, había llamado para informar de que uno de los contenedores del entrepuente se había deslizado fuera de lugar y se había estrellado contra el mamparo, derramando su contenido. Le inquirí por la mercancía, pero el teléfono se había cortado súbitamente antes de que Szapowsky pudiera ofrecer más explicaciones.


Preocupado por la posibilidad de que hubiera sufrido un accidente, ordene disminuir la velocidad a 10 nudos y envíe a Mortimer a comprobar en persona qué había sucedido. Minutos más tarde, el teléfono volvió a iluminarse y solicitaron mi presencia en el entrepuente. Descubrí allí a Morty y a dos marineros más, afanados en intentar forzar la manivela de la puerta con una llave inglesa de grandes dimensiones. La puerta estaba atascada y Szapowsky no daba señales de vida al otro lado. Incapaces de liberar el mecanismo, uno de los marineros, un español, como ustedes, llamado Gonzalo, había sugerido usar el soplete de oxiacetileno para fundir las trincas, pero requerían de mi permiso porque manejar ese tipo de material en alta mar entrañaba un riesgo considerable. Normalmente me habría negado, pero Szapowsky -que se hallaba, en teoría, al otro lado- no estaba respondiendo a ninguno de nuestros intentos de comunicarnos con él, por lo que temía se hallase gravemente herido. Reluctante, di mi aprobación y le solicité a Morty que supervisara la operación.


Volví al puente, donde había dejado a Jackson Abioye, mi segundo oficial, haciendo guardia. Le encontré usando mis prismáticos, oteando con gran interés el horizonte negro azulado. Al ponerle la mano en el hombro, se sobresaltó, y cuando le pregunté qué había atrapado su atención con tanta intensidad, me pasó los binoculares y señalo a un punto en la oscuridad: Señor, eso que se ve ahí, quizá me esté fallando la vista, o puede que sea un efecto extraño de la luz del ocaso, pero, ¿no hay algo ahí, recortado contra la negrura?


Miré en la dirección que me indicaba, y al principio no vi nada, pero enseguida noté que una figura se perfilaba contra el fondo, más oscura que la noche, denotando una masa de forma indeterminada pero de gran tamaño, unas millas más adelante. Jackson sugirió que podría ser una plataforma petrolífera. Yo no contesté, entendía que era su manera de racionalizar las circunstancias, pero no entraba en mi carácter el aceptar respuestas que contravenían la realidad. Cualquier estructura artificial habría estado debidamente iluminada y señalizada en las cartas de navegación. Quizá nos habíamos encontrado con una instalación de investigación militar secreta, pero en ese caso no tenía sentido que pudiera apreciarse en medio de la noche con unos simples prismáticos.



Solicité al oficial telegrafista que barriera las frecuencias en busca de una señal de socorro; cabía la posibilidad de que fueran los restos de un naufragio, magnificados por nuestra imaginación al intentar completar unas formas que la oscuridad se negaba a revelar. Pasamos unos minutos de tenso silencio, viendo como la masa se desplazaba en el horizonte por la amura de babor a medida que avanzábamos lentamente. Finalmente el oficial telegrafista, un argentino moreno y enjuto llamado Óliver Méndez, se quitó los cascos y negó con la cabeza.


Fue suficiente para mí, que en ningún caso tenía intención alguna de averiguar qué era aquella cosa que había aparecido de forma inconspicua en alta mar y que dejábamos ya a babor. Mi trabajo era transportar mi carga y nada más, y por si eso fuera poco, contaba con un posible herido en mi tripulación. No, era fundamental llegar a puerto lo antes posible, sin entretenerse, así que viré con suavidad el timón para alejarnos de aquella monstruosidad y, pensando en facilitar la operación de soldadura en el entrepuente, ordené a Jackson que comunicara a la sala de máquinas bajar a 10 nudos. Satisfecho, pero no libre de preocupaciones, cogí la caja de galletas y le ofrecí una a Jackson, esperando que la mundanidad de mi actitud le ayudara a tranquilizarse, pero tan pronto elevó la mano para tomarla, el barco se detuvo en seco, precipitándonos violentamente contra el panel de control. Méndez, apostado en su silla, se bamboleo con la sacudida y se golpeó la sien contra el mueble, cayendo redondo a nuestros pies.


La luz del teléfono empezó a parpadear de nuevo. No me sorprendió escuchar al otro lado la voz de Lucas Boissieu, mi jefe de máquinas:


Capitán, me temo que el barco ha encallado."



La Guía de Viajes de El Borrao continuará el viernes que viene con la 2ª parte de la historia de el barco noruego. ¡No os la perdáis!