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  • Roberto Márquez

Ilustres asesinos: La Hermana Zalaya

Hoy, en Ilustres asesinos, Sor Bernardina, popularmente conocida como la hermana Zalaya, detenida en el año 1957 por el asesinato de veintitrés chicas adolescentes durante la popularmente conocida como la noche de los gritos.



La historia de la infame hermana Zalaya comienza el día 29 de febrero de 1948, cuando una pizpireta monja de 28 años desciende de un tren Talgo llegado desde Madrid, cruza el pueblo arrastrando dos voluminosas maletas e irrumpe en misa de 12:00. Presenta ante el sorprendido cura una carta con el sello del Arzobispado, en la que el propio prelado, de su puño y letra, insta a las autoridades religiosas locales a facilitarle los medios necesarios para establecer en el pueblo una pensión, destinada a dar alojamiento a señoritas de familias pudientes que estudiarán en un colegio privado que proyecta levantar en El Borrao.

La Casa para Señoritas de la Hermana Zalaya abrió así sus puertas en la Calle Anisotropía, Nº6, en una residencia de tres plantas de estilo neogótico que la diócesis cedió en usufructo a la joven religiosa. El establecimiento pronto se convirtió en un hervidero de actividad, acogiendo cada nuevo curso a dos docenas de jóvenes llegadas de todo el país para estudiar en el Colegio Católico de Nuestra Señora de las Buenas Intenciones.


Jovial y llena de vida, la hermana Zalaya no tardó en hacerse hueco en los corazones de los borrenses. No era extraño verla todos los días en el mercado, cruzando sus calles dando saltitos como una liebre nerviosa, con la cesta de esparto llena de ingredientes para las fastuosas comidas que ella misma preparaba para sus niñas; o parándose a jugar a la pelota con los chavales en la plaza del pueblo. Testigos de la época describen a la hermana con una energía tremebunda y una zurda potentísima, capaz de meter roscas por la escuadra sin mucho esfuerzo, lo que le hizo ganarse el respeto de muchos paisanos del lugar.


El único conflicto que involucra a la hermana del que se tiene constancia pública antes de su detención es la queja presentada en el ayuntamiento por el jardinero municipal, en el que acusaba a Sor Bernardina de hacer caso omiso de sus advertencias sobre no recolectar los frutos de la higuera de la plaza. El escrito oficial reza lo siguiente:


"Le dije que no cogiera higos, que eran más malos que el diablo cuando era chico, que estaba harto de barrer ardillas tiesas bajo el árbol, y me dijo que muy bien, que no lo sabía y que no cogería más. Pero a la siguiente noche salía de comprar una botella de vino en el economato de los Padilla, y me la encuentro con una vara y una bolsa d'esparto, azuzando las ramas. A la que me vio le dije EH, pero salió dando zancadas y no veas, corre como un gamo, la jodía."


De acuerdo a los registros, la hermana Zalaya negó las acusaciones y quedó todo en agua de borrajas, aunque cabe señalar que, si bien ella gozaba de muy buena reputación, las extravagantes actividades que se desarrollaban en el Colegio Católico de Nuestra Señora de las Buenas Intenciones hacía que los vecinos observasen a la institución con cierta suspicacia. Algunas curiosidades que hemos conseguido desenterrar de la hemeroteca:

  • Todos los sábados, al alba, las alumnas del Colegio recibían al sol entonando cánticos a coro. Los testigos los describen como "algo disonantes, pero bonicos a su manera".

  • Los martes y jueves de 16 a 18 horas, las alumnas hacían ejercicios de baile sincronizado en completo silencio, sin música y sin comunicarse entre ellas.

  • En varias ocasiones durante el año podía verse a sus alumnas recibiendo clases durante la noche.

  • El colegio era el único edificio alto del pueblo donde no anidaban las cigüeñas.

Al margen de estas peculiaridades, las alumnas del centro hacían una vida completamente normal: salían a pasear por el pueblo, participaban en las fiestas y recibían las atenciones de los mozos locales, sin que ninguno pudiera sonsacarles qué estudiaban realmente.


El día 20 de junio de 1957 a las doce y cinco de la noche, la policía local recibió una llamada realizada por un vecino de la Calle Anisotropía: parecía haber alguna clase de conmoción en la Casa para Señoritas de la Hermana Zalaya. Siendo la víspera de la graduación de la 9ª promoción, la policía asumió que el escándalo denunciado no era más que una fiesta rebosante de entusiasmo juvenil, pero enseguida la centralita comenzó a iluminarse con varias llamadas más, todas ellas efectuadas por testigos del evento:


"Estaba ya metida en la cama, cuando empecé a oír chillidos, una escandalera... Me asome y vi que una chiquilla habría una ventana e intentaba salir, pero que la volvían a meter para dentro, así ¡ZUM! Pero la ventana se la dejaron abierta."


El primero en llegar al lugar del crimen fue Fulgencio Espinosa, fotógrafo del periódico local y vecino de la misma calle. La casa estaba en completo silencio y nadie respondía a la puerta, así que se escurrió a través de una ventana que encontró abierta -probablemente la misma que relataba la testigo- con su máquina de retratar al cuello. Cuando le preguntamos a Fulgencio qué sintió al encontrarse la escena, el veterano periodista -ya retirado- afirma no tener una memoria clara:


"Sólo recuerdo quedarme boquiabierto, sin entender muy bien qué tenía delante. Sabía que era algo malo, lo notaba en las tripas, pero mi cabeza no quería ponerlo en palabras. Estaba siendo testigo, pero no quería comprenderlo, así que me lié a echar fotos con la Leica hasta que... Bueno, no debí ni de parar, porque la última foto del carrete me salió velada de las veces que la tuve que exponer..."


Las fotos de Espinosa serían publicadas en portadas de todo el país, bajo titulares que incluirían las palabras "matanza", "desmembramiento" y "salpicaduras" en tipografía mayúscula y resaltada, conmocionando a todo el país. La más famosa de ellas, la que muestra a la hermana Zalaya, sentada en el suelo, abrazando a la única superviviente, sonriendo a cámara. A su alrededor, los restos de veintitrés jóvenes adolescentes.


Dos de las alumnas, en una excursión al manantial del meteorito

La hermana Zalaya nunca explicó por qué sonreía en esa foto. Tras su paso ante el juez, se dictaminó que estaba seriamente perturbada y que debía internarse en un hospital psiquiátrico. Su rastro se pierde cuando su custodia cae en manos de la archidiócesis, que alega que mantiene en el anonimato el destino de Sor Bernardina para que pueda pasar el resto de sus días sin que se la perturbe.


Respecto a la superviviente, al ser menor de edad, cualquier dato que permitiera su identificación fue censurado en los documentos relativos al caso. Del mismo modo, todos los archivos pertenecientes al Colegio o a la Casa para Señoritas desaparecieron consumidos por el fuego en un desafortunado accidente. Curiosamente, ninguna de las familias de las víctimas exigieron responsabilidades al clero, quedando aparentemente satisfechos con la aprehensión de la hermana Zalaya.


Quedan, por supuesto, muchos hilos sin cortar en esta historia: en las fotos de Espinosa se adivinan en suelos y paredes, allá donde no les cubría la sangre, símbolos pintados con lo que luego se descubriría era pintura negra mezclada con pulpa de higos. Igualmente, en la cocina de la pensión se descubrió un alambique que había sido usado para destilar una libación también de higos. Es imposible no recordar la denuncia del jardinero; sin embargo, si algo está más que demostrado es que ninguna de las muchachas sufría de envenenamiento.


El edificio de la calle Anisotropía quedó vacío hasta que, como víctima de una maldición, volvió a verse involucrado en un truculento crimen durante la investigación del infame "Club del Gourmet" de El Borrao. El Colegio Católico de Nuestra Señora de las Buenas Intenciones fue vendido y su edificio alberga ahora el famoso Colegio Rosenbaum.


Pasara lo que pasara aquella noche no podemos hacer más que conjeturas. Sólo queda, congelada en el tiempo por el objetivo de la Leica MP de Fulgencio Espinosa, la sonrisa entusiasmada y en blanco y negro de Sor Bernardina... la ya imposible de olvidar hermana Zalaya.