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  • Marina Martín Laguna

Leyendas de El Borrao: El Lancero del Alba

Caníbales, vampiros y zombis, la Edad Oscura de nuestro pueblo

Todos los pueblos tienen su historia, sus cuentos y leyendas, pero ninguno como El Borrao. En el bosque, en la escuela, en el mercado o en el Ayuntamiento, estés donde estés, El Borrao siempre acecha. ¿Puede alguien decirme en qué otro lugar del mundo se levanta uno todos los días con la penetrante sensación de que, en cualquier momento, va a tropezarse con cualquiera de sus bestias, sus fantasmas, sus asesinos…? O, quizá, ¿convertirse en uno de ellos?


Por mucho que se le parezca, la leyenda de hoy dista mucho de ser un cuento. Habla de niños jugando entre puertas selladas; mujeres y hombres de luto, montando guardia tras las cortinas del salón; ajos y verbena creciendo en cada jardín. Habla de sombras en la noche, de miedo, desapariciones y de cultos. Esta es la historia del primer caníbal de El Borrao. Carlos, más conocido como el Lancero del Alba… una bestia, un fantasma, un asesino. Se podría decir que en él se agolpan todas nuestras pesadillas, y puede que también nuestros sueños.

Carlos era, y puede que lo siga siendo, rico, fuerte, guapo, poderoso e inmortal. Todo un cliché. Su único defecto, si es que se le puede llamar así, es que no era humano, ni física ni espiritualmente. Vamos, que se llamaba Carlos como podría haberse llamado Lorena, Estambul o Dios.


Pero ¿qué os parece si hablamos primero de lo primero? Algunos de los manuscritos recuperados tras el trágico incendio de la Iglesia del Sagrado Corazón de María de la Voluntad en el año 1717, y que ahora se conservan en el Museo Etnográfico de El Borrao, defienden el origen celestial del Lancero del Alba. En ellos se cuenta la historia de un ángel enviado a la Tierra para luchar contra un demonio devorador de almas que estaba convirtiendo a los vecinos de nuestro pueblo en algo muy parecido a zombis.


El ángel, armado únicamente con su lanza, bajó completamente a ciegas, pues nadie en el cielo conocía el secreto para derrotar al demonio.


La intolerancia al Sol de la criatura hizo que el enfrentamiento durase 276 noches y un amanecer, durante el cual, nuestro Lancero del Alba logró derrotar a su contrincante, eso sí, a cambio de su propia existencia. Y es que, durante sus múltiples encuentros, había encontrado el punto débil de aquel demonio: Cada vez que desplegaba sus colmillos, una ventosa se abría en el centro del torso, justo donde debería estar el corazón, dispuesta a pegarse a su víctima y succionar, mientras con la mandíbula mantenía inmóvil a su presa.


Aquella ventosa era la clave, y por ello dejó que el demonio se acercase y clavara en él sus dientes. Pensó que al carecer de alma no tendría nada que perder más que su vida, una vida de sacrificio y entrega a Dios. Pensó que así podría entretener al enemigo mientras le clavaba su lanza a través de la ventosa, pero cuando la criatura comenzó a succionar, Carlos, el ángel, se vacío por completo. Ni carne, ni huesos o sentimientos. Un vacío celestial.


Aun así, cumplió con su misión y cuando el infierno reabsorbió a su bestia, Carlos emprendió el vuelo hacia el hogar, pero Dios tenía otros planes para él: La muerte. Justo antes de alcanzar las puertas, sus alas le fueron arrebatadas y comenzó la caída. Rápida. Ruidosa. Dolorosa. A él le dio igual. Estaba vacío. ¿Qué implica la desaparición de la nada? Nada.


-Si la nada, nada implica, ¿cómo puede desaparecer? ¿No tiene que existir algo para desaparecer?- Una voz retumbó, y no era Dios.


Al llegar de nuevo a la Tierra, Carlos impactó contra las rocas, pero nada le pasó.


-¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?

-Que vivas, como nunca antes has vivido, ángel.


Perdido, Carlos vagó por nuestras tierras y poco a poco se fue llenando de imágenes, colores, texturas, sonidos, pero sobre todo sabores. En especial, el de los humanos. El vacío dentro de él le había convertido en aquello contra lo que había luchado… una criatura condenada a vivir a través de las almas de otros, de las nuestras. ¿Quién era? Un ser celestial, con las emociones de un humano y las pulsiones de un demonio.


Otras teorías hablan de que en realidad fue el demonio el que venció y no el ángel, lo que significaría que el rico, guapo, poderoso, fuerte e inmortal Carlos es, en realidad, una criatura del infierno. Algunos capítulos llegan a nombrar a un amor que conoció en el bosque, pero esa es otra historia.


Lo que realmente nos interesa ahora mismo, es la versión de los libros de historia en la que se habla del Marqués de La Lanza, don Carlos Blanco Mellado, el único soldado superviviente del Desastre del Valle Tormento el 14 de febrero de 1918.


Por aquellos años, hacía ya tiempo que El Borrao vivía momentos de riqueza y esplendor: Las vacas estaban gordas y la leche salía de sus ubres como ríos de nata, el sol brillaba mientras las nubes descargaban lloviznas frescas sobre los huertos, el alcalde… estaba tranquilo, sin dar guerra y las pesadillas poco tenían que hacer en El Borrao habiendo horrores mayores en el resto del mundo. Todo era perfecto, excepto por un leve e incesante retumbar en el suelo que acosaba a cada instante a nuestros vecinos: En el mercado, en el baño, en clase, en el cementerio, en la cama… Era como si la tierra latiera al ritmo de una marcha militar. ¿He dicho militar? Es exactamente lo que el ya no tan tranquilo alcalde pensó: “Se trata de un ejército dispuesto a invadir y expoliar a nuestro pueblo. Debemos defendernos. Debemos mandar a nuestros mozos más aguerridos a que les planten cara allá, digo allí, en el Valle del Tormento”.


Con tal de apaciguar al pobre hombre, el pueblo le hizo caso y mandó a más de 300 hombres hasta aquel valle, pero el retumbar prosiguió y los hombres jamás volvieron, excepto Carlos Blanco Mellado, un mozo de 30 años que partió a la batalla sin familia, amigos o fortuna y que volvió envuelto en sacos de joyas y oro que pronto le compraron compañías y poderes en El Borrao. Y no es que los vecinos seamos unos oportunistas, es que un buen rubí hace popular a cualquiera. Pronto todos olvidaron el tremor y lo adaptaron a su día a día: “Son las minas”, decían algunos, restándole importancia. Fuera lo que fuera, sigue retumbando en nuestro día a día y lo que nadie se ha preguntado hasta ahora es: ¿Qué narices le ocurrió a nuestros soldados?


La fortuna de Carlos no sólo le compró amigos y bienes materiales, también silencios de todos los tipos y para muchos secretos, pues los misterios de la batalla no eran los únicos. Y aquí es donde acaba la leyenda del ángel y empieza la de Carlos, el primer vampiro de EL Borrao o, lo que es lo mismo, nuestro primer caníbal.


“Valle del Tormento, 2 de febrero de 1918

No encuentro las gafas. Sí, lo sé, después de 11 días marchando sobre el Valle nos hemos quedado sin comida y agua, pero a mí lo que me preocupa es encontrar mis malditas gafas. Sin ellas no veo de lejos, y lo único que tengo cerca son piedras, soldados moribundos y estas páginas. Si al menos pudiera ver de lejos… sabría cuál de ellos me las ha quitado. Sea quien sea, seguro que las lleva puestas, mofándose de mí cada vez que pasa a mi lado. Desgraciados.


Valle del Tormento, 5 de febrero de 1918

El silencio cada vez es mayor, al menos el nuestro. El suelo sigue retumbando y todavía no hemos visto rastros de las tropas enemigas. Deberíamos volver. Tenemos que volver. Juraría que cada vez somos menos, pero ¿y los cuerpos?


Valle del Tormento, 9 de febrero de 1918

Hace días habría… asegurado que mis compañeros estaban desapareciendo poco a poco. Hoy lo puedo confirmar. 349 salimos marchando desde la plaza de la higuera y 207 he contado esta mañana. 142 desaparecidos y ningún cuerpo. ¿Es que soy el único que se ha dado cuenta? Algo pasa en este valle… La mayoría ya caminan como zombis. Sin rumbo. Con la mirada fija en el suelo. Deliran. Tan pronto ríen como se enfadan. Dementes. Dementes… ¿Y yo? Creo que tiene que ver con el pozo de agua que encontramos. Yo fui de los pocos que no bebió. He estado sobreviviendo a base de caracoles y agua de lluvia. Tengo que volver.


Más allá Valle del Tormento, 10 de febrero de 1918

No sé dónde estamos. Creíamos que estar volviendo a El Borrao, pero acabamos de cruzar un portalón enorme coronado por dos estructuras óseas que… ¿Qué tipo de pájaro tiene unas alas de más de 5 metros cada una? Puede que sea un dinosaurio pero… creo que la expresión que mejor transmite lo que siento ahora mismo es “Pero, ¿qué cojones?”.


Me he separado del grupo. Me niego a seguir marchando con esos locos. 205 he contado hoy. 204 ahora que ya no estoy yo. Idiota. Eso es lo que ha pasado. No están desaparecidos, sino huidos. Somos desertores. 145 por ahora.


¿Cuántos caminos centrales puede tener un valle? Al volver a cruzar el portalón he seguido el sendero por el que llevamos días marchando, pero no hay huellas, ni restos… no hay nada que indique que más de 300 hombres han pasado por ahí. De nuevo, “Pero, ¿qué cojones?”.


Juraría que este caracol ya me lo había comido, puede que en este mismo sitio, sentado sobre la misma roca caliza.


Hace ya kilómetros que escucho las voces. Gritan o gimen, no lo sé. Están todos muertos, no tengo ninguna duda, y me da igual.


He seguido el olor a putrefacción que ha empezado a inundar el camino. He encontrado mis gafas y al soldado que me las quitó. Un hombre de unos 30 años encabezando un rastro de cadáveres y que, nada más verme, se ha lanzado sobre mis brazos llorando y suplicándome que le dejara comerme. Confieso que me ha dado algo de envidia ver cómo disfrutaba de ese primer y único mordisco que le ha dado a mi brazo. Puede que mi cuerpo ya esté cansado de babosas y necesite otro tipo de nutrientes. Lo que daría por unas berenjenas, un buen potaje con callos, un buen filete con níscalos…”


Hasta aquí contaba el diario de un soldado desconocido que, presumiblemente, se habría cruzado con Carlos de vuelta al hogar: “Le vi alejarse arrastrando un saco, llorando a mares, como si arrastrase las almas de los pobres desgraciados que yacían muertos a la vera del camino.”


Como ya hemos comentado antes, el dinero compra muchas cosas. En el caso de Carlos: el título de Marqués, una mansión y muchos, muchos, muchísimos amigos, al menos tantos como enemigos. Las malas lenguas no dudaron en señalarlo como el caníbal del diario, pero en lugar de negarlo fundó el primer “Club del Gourmet” de El Borrao, en el que sus socios podrían degustar todo tipo de delicatesen, eso sí, siempre y cuando fuera de origen animal.


Fue en el club donde conoció a Clarisa, ahora sí, el único amor que se le llegó a conocer. Clarisa era una joven de familia aburguesada, dueña de los mejores viñedos del pueblo y, por ende, de nuestro vino más famoso: “El asegurado”. Aunque no le interesaba la gastronomía, su padre le pagó la cuota de socia durante más de un año con la esperanza de que su belleza e inteligencia atrajesen al acaudalado Marqués. Sin embargo, lo que logró enamorar a Carlos fue un pequeño y desafortunado accidente.


Una noche, mientras la muchacha hacía una demostración de cómo matar a una langosta sin dolor, el caparazón del crustáceo se partió, clavándose en la palma de Clarisa y salpicando su sangre, directamente en la copa del anfitrión. Al probar el vino, Carlos enloqueció de tal manera que tuvo que abandonar su propio banquete. Todo el mundo pensó que al ver la sangre el hombre había recordado el trauma provocado por el Desastre del Valle del Tormento, pero nada más lejos de la realidad.


Tres meses después del incidente, Carlos y Clarisa se convirtieron en marido y mujer. Un matrimonio del que solo nacieron hijos muertos, según los médicos, por culpa de la anemia congénita que Clarisa padecía y de la que, hasta entonces, jamás había oído hablar. Cuanto más pálida y deprimida estaba ella, más reluciente y enamorado parecía él.


Como era de esperar, llegó el día en el que Clarisa se suicidó. Apareció en el jardín, bajo la sombra de un algarrobo, desangrada tras haberse practicado una sangría a si misma, dejando que la tierra y el árbol absorbieran aquello que había enamorado y enloquecido a su marido. No dejó carta alguna para despedirse.


Nadie sabe si antes de la desgracia ya existía el caníbal, pero tras la muerte de Clarisa el Club del Gourmet fue adquiriendo fuerza en el pueblo y haciéndose cada vez más y más exclusivo. Sus socios, los hombres más ricos y poderosos del pueblo, deambulaban como zombis por las calles. La mirada fija en los adoquines. Un incesante murmullo les precedía. El Marqués, ángel, demonio, caníbal o vampiro había creado su propio ejército de sirvientes cuyo único objetivo era el de satisfacer el paladar de su fundador.


Durante meses, Carlos cató uno a uno a los vecinos de nuestro pueblo, hasta que un día, de debajo del algarrobo brotó un llanto. Un bebé, enterrado vivo justo debajo del lugar en el que Clarisa había muerto. Después de todo, puede que no todos los hijos de la pareja nacieran muertos, quizá ninguno de ellos lo hizo.


Al desenterrarlo, Carlos pudo oler en él, o mejor dicho en ella, a su difunta esposa. Incapaz de refrenar el ansia, hincó sus dientes en la tierna y pálida carne, pero con el primer sorbo de sangre los colmillos de Carlos ennegrecieron y un punzante dolor recorrió su espina dorsal.

Dicen que se arrodilló frente a su hijo y, tras arrancarse los ojos para ofrecérselos, huyó camino al Valle del Tormento. Los socios recobraron su consciencia. Algunos continuaron con el club o fundaron el suyo propio. Otros trataron de volver a sus vidas normales y acabaron suicidándose o desapareciendo.


En cuanto al bebé, cuentan que el padre de Clarisa lo encontró, sonriente y ensangrentado, junto a aquel algarrobo, adoptándolo bajo el nombre de Antonio. Fingiendo que era otro de sus hijos bastardos, marchó del pueblo y pronto se le perdió la pista en las Américas, poniendo así fin al legado de don Carlos Blanco Mellado, Marqués de La Lanza de El Borrao.

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