Buscar
  • Álvaro Valmorisco

Leyendas de El Borrao: La ciudad subterránea: Parte 2

Un día, como otro cualquiera, la partida de caza salió en busca de suministros. Hasta entonces, ellos eran los únicos que salían de Eash por cuestiones de seguridad, dado que aún existía el miedo a ser encontrados por los cristianos. Pero ese día sucedió algo que cambiaría el curso de la historia de las gentes de la ciudad subterránea para siempre

"Es el poder del sol contenido en una joya negra. El infinito universo en una cáscara de nuez. Su poder incalculable. No es de extrañar que Ephraim la visite cada noche de manera religiosa. Le oigo susurrar y a veces hasta ríe como si conversara con ella. Es él quien encontró la esfera... o quizá fue ella la que le encontró a él."
Guayarein, odas a la bella Eash. circa 1399.

Por una de las entradas apareció Ephraim, totalmente cubierto en sangre y visiblemente malherido. La gente corrió en su auxilio y se reunió a su alrededor para escuchar su testimonio de lo que había sucedido. Parece ser que el grupo de caza había sido emboscado por una serie de seres malditos. Los describía como bestias aladas con afiladas garras y rostros desfigurados que chillaban como cochinos. Atacaron a Ephraim y a sus hombres y estos intentaron luchar, pero era inútil, sus espadas y flechas se doblaban o partían al impactar contra sus rojas y ásperas pieles. Ephraim vio cómo destripaban a sus hombres vivos, incluido a Rahman quien, según contó, con su último aliento le ordenó que protegiera a la ciudad a toda costa y que no dejara que nadie entrara o saliera.

La reacción fue inmediata y el pánico se apoderó de los eashianos de tal forma que se trabajó en bloquear casi tres cuartas partes de los túneles que llevaban al exterior. La ciudad subterránea se convirtió en una fortaleza impenetrable y gracias a la posibilidad de cultivar y a la cantidad de suministros, se redujo la necesidad de salir para cazar o buscar materiales. La heroicidad de Ephraim y el hecho de ser el único en volver con vida de la superficie fueron razones suficientes para convertirle en el líder absoluto de la ciudad de Eash. Comenzó a crear lo que más adelante se conocería como la nueva religión de los eashianos.

Con los años la gente de Eash fue virando hasta convertirse en una sociedad completamente teocrática. Se rendía homenaje al dios encerrado en el interior la esfera del centro de la cúpula. Al menos se asumía que el mineral contenía a un dios dado que el ahora sumo sacerdote Ephraim lo afirmaba. Desde que entraron en Eash como meros refugiados, Ephraim siempre había permanecido cerca del ópalo. Las leyes y formas de vida giraban en torno a una serie de normas y reglas básicas:

  1. Bajo ningún concepto está permitido salir al exterior excepto para el sumo sacerdote y sus apóstoles. Hacerlo se entendería como un acto de traición directa que quedaría penado con el exilio indefinido.

  2. Cualquier crimen está penado con el exilio con posibilidad de regreso excepto el asesinato o la injuria hacia la palabra de la esfera. En ese caso, el condenado puede ser expulsado para siempre del nido, abandonado a su suerte para ser devorado o poseído por las bestias que vagan por la superficie.

  3. Una vez cumplida la condena, en el caso de sobrevivir a los terrores de la superficie, el acusado tendrá la oportunidad de regresar al nido con la condición de que su lengua, ahora de serpiente, sea extirpada con el fin de que no pueda extender la palabra maldita del infierno.

  4. Nadie excepto el sumo sacerdote puede acercarse a la esfera.


Eash estaba a punto de cumplir el cuarto de siglo desde su fundación. Las arcaicas casas de adobe ya habían sido convertidas en pequeñas construcciones de roca, reforzadas con enormes vigas de madera. Hasta los agujeros por los que se entraba y salía de la ciudad habían sido fortificados con gruesas puertas de hierro, para evitar cualquier ataque de las bestias superficiales. Eash contaba con su propia Iglesia, notablemente más alta que el resto de edificaciones. En su torre, una gran campana que se hacía sonar cada vez que la partida de caza salía y otra cuando volvía. Asimismo, se había comenzado a trazar un sistema de cañerías y agua corriente para que quien vivía más alejado del riachuelo, no tuviera que atravesar la ciudad cada vez que necesitara agua. Sus gentes estaban divididas entre diferentes ocupaciones. Muchos mantenían los oficios que tenían en la otra vida y otros aprendían a llevar a cabo labores de agricultura o medicina. Se había fundado una pequeña escuela para los nacidos en Eash y pronto las religiones de antaño quedaron obsoletas.


Ephraim disponía de una casa completamente blanca construida junto al misterioso ópalo, muy cerca de un a edificación denominada como "la caja", que trataba de un edificio con la forma de un gran cubo negro donde se llevaban a cabo los juicios y donde se aposentaban los sacerdotes de Ephraim. Ese era el lugar en que se decidía quién era exiliado y quién era aceptado de nuevo en la ciudad.

Eash funcionaba como una máquina casi perfecta y no tardaba en actuar cuando se encontraba algún tornillo suelto. Pronto, comenzaron a pasar las décadas y las generaciones y poco quedaba de la vida en la superficie. Poco quedaba de los reinos y las guerras. Tan solo eran Eash y el infierno.


Para la gente, los apóstoles y el sumo sacerdote eran héroes. Nunca usaban la misma salida dos veces seguidas para evitar que las bestias del exterior descubrieran una forma de entrar en la ciudad y eran capaces de traer carne y materiales, además de plantas medicinales, cuando era necesario. Todo joven podía convertirse en sacerdote si lo deseaba. Para ello era obligatorio atender a años de instrucción y, si se les consideraba lo suficientemente devotos, eran enviados desarmados a la superficie durante un período de treinta días. Si lograban regresar con vida, pasarían a formar parte del elenco de apóstoles del sumo sacerdote a través de un último rito de iniciación: Sus lenguas eran extirpadas como la muestra última de devoción a través del juramento de silencio perpetuo. Además, de esta manera se creía que jamás podrían desarrollar una lengua de serpiente, causada por la exposición prolongada al mal de la superficie. El único inmune a esta maldición era Ephraim, gracias al poder que le había otorgado la esfera.


"Nunca llevé la cuenta de cuántos llegaron a convertirse en sacerdotes. Niños de quince y dieciséis años que sin temor se lanzan a lo desconocido, sabiendo que lo más probable es que mueran ya sea devorados por las bestias del infierno o por la falta de alimento. Los vecinos celebran cuando uno de las decenas de jóvenes que se dejan a su suerte vuelve para contarlo aunque, irónicamente, antes de que pueda hacerlo su lengua es extraída con una tenaza. Yo no puedo evitar recordar a todos los que no consiguen volver. No dejan de haber sido mis queridos alumnos."

Una tarde como otra cualquiera, una mujer de la que nunca se supo su nombre, se abrió paso por la entrada del regreso. Así se llamaba a una de las puertas por donde accedían aquellos que habían logrado cumplir con su condena y ahora deseaban regresar para volver a ser parte de la sociedad. Se supo que había permanecido en el exilio durante casi dos años, algo impensable para cualquiera. Los que volvían solían ser personas condenadas a la superficie durante no más de unos meses. Lo extraño fue que no se hubiera convertido en una abominable criatura para el tiempo que llevaba fuera. Sorprendentemente, esta mujer de unos treinta años de edad llevaba unos anchos ropajes blancos perfectamente cuidados y lucía un aspecto sospechosamente sano. A su paso por el camino que recorrían los exiliados hacia la caja, nadie arrojó una sola pieza de fruta u hortaliza, como era costumbre, debido al desconcierto que causaba. La mujer fue escoltada hacia el interior de la caja y una gran multitud aguardó en los alrededores, curiosos por ver cuál sería el veredicto del sumo sacerdote.


En un abrir y cerrar de ojos, el sonido de mil rayos impactando se apoderó de la gran cúpula. Un violento estallido ensordeció hasta al más alejado. Las paredes lisas de Eash retumbaban y los edificios temblaron. La caja estaba en llamas y una de sus cuatro fachadas se había derrumbado por completo. Entre gritos y una muchedumbre que huía del fuego, corrió la mujer de ropas blancas, ahora notablemente menos pesadas, perseguida por un par de sacerdotes armados. Gritó a la asustada gente una última frase antes de desvanecerse por la puerta por la que había entrado.


"¡Libertad! gritaba aquella mujer. Su rostro lleno de odio y sus brazos animando a los que observábamos aterrorizados a que la siguiéramos hacia la superficie. Mis oídos pitaban y de ellos brotaba sangre. Me costaba mantener el equilibrio, pero nunca olvidaré lo que dijo antes de desaparecer. Gritaba el nombre de Rahman y también insistía en que arriba ya no había esclavos. Viejos trucos del demonio supongo . Por supuesto nadie la creyó. Lo que más llamó mi atención fue su lengua. No parecía de reptil. Era más bien humana."

El sumo sacerdote fue hallado abrazado a la esfera. Estaba ensangrentado y la mayor parte de sus ropas estaban carbonizadas por la explosión. A duras penas consiguió girarse. Tenía una gran cantidad de metralla extendida por el lado izquierdo de su rostro y torso y su pelo se había quemado casi por completo, dejando a la vista una calva con partes del cráneo expuestas. Dos de sus sacerdotes corrieron para socorrerle, pero este les apartó de un empujón para murmurar una última cosa antes de perder el conocimiento: "Se acabó".


Es normal que la gente dudara de la existencia del infierno que se describía al hablar de la superficie. Sobre todo después del ataque que casi acaba con la vida de Ephraim, el sumo sacerdote, y las palabras de aquella mujer. En respuesta al atentado, Ephraim declaró el estado de emergencia y achacó el intento de asesinato -que se llevó la vida de cuatro de sus sacerdotes- a un frustrado plan por parte del las fuerzas del mal, que no dudaban en usar el nombre de víctimas como el honorable Rahman. En su memoria y en busca de defender Eash, se bloquearon todas las salidas a excepción de una, que permanecería custodiada por guardias las veinticuatro horas del día. Como supuestamente le pidió Rahman antes de que el último estertor lo callara, Ephraim dictó sentencia y declaró que nadie ni nada podría salir o entrar de Eash. Ahora el exilio era una condena de muerte.


En menos de lo esperado la vida siguió su camino entre los eashianos. Los daños de la explosión fueron reparados e incluso se construyó una pequeña capilla en honor de los caídos. Las partidas de caza y recolección cesaron durante unos meses. El ganado y el cultivo proporcionaban un mínimo de alimento vital para la comunidad. Al menos durante los primeros diez meses.


Una mañana, durante la primavera, la campana de la iglesia anunciaba el mediodía. En la ahora única salida de la ciudad, se amontonaba una pequeña tropa de sacerdotes y civiles. Ephraim había convocado a todo el que tuviera valor para luchar a filas. Eash necesitaba recursos. Los suministros de los que disponía no durarían ni un año. Tenían que enfrentarse al exterior y, como decía el sumo sacerdote, había que vencer al enemigo tuviera el aspecto que tuviera. Insistió, para animar a todos los civiles dispuestos a luchar entre los que también había niños, en que no se dejaran engañar por la apariencia de la superficie y sus habitantes. Probablemente se enfrentarían a personas como ellos. Incluso reconocerían alguna cara. El paisaje sería precioso y cautivador, pero según Ephraim, esas no eran más que viles tretas del infierno. Lo que habitaba en la superficie seguía siendo el mismo yermo maldito.


La compañía marchó y no se supo nada hasta muchas horas después. Las gentes se agrupaban alrededor de la puerta por la que vieron marchar a maridos, hijos y hermanos y mantuvieron una incesante plegaria pese a que la luz del ópalo hacía horas que se había apagado. Muy adentrada la madrugada, cuando la esfera emitía los primeros rayos mágicos de luz, se escuchó algo. La tensión se extendía entre la multitud en forma de murmullos que rompieron la harmonía de los rezos. De pronto, gritos y gemidos inundaban los túneles más allá de la puerta.


La puerta de hierro se abrió y por ella no entraron más de una docena de hombres, muchos menos de los que marcharon en un primer momento. Entre ellos se encontraba el sumo sacerdote, Ephraim. Sin mediar palabra ordenó sellar todas las salidas. Esa fue la última vez que alguien salió o entró de Eash. Ese mismo día, Ephraim se retiró a su hogar y nunca nadie volvió a verle. Cada mañana se dejaba una ofrenda de comida en su puerta con el fin de mantener al atemorizado líder con vida. Una ofrenda que con los meses y debido a la escasez fue menguando hasta que dejó de aparecer en aquellos escalones de la casa blanca.


A lo largo de un año, los eashianos consiguieron subsistir a base de los precarios suministros y cultivos que quedaban en las arcas. Cada mes la comida era más escasa hasta el punto en que lo único que podían comer eran patatas de los cultivos. Pronto empezarían los saqueos y las rivalidades, y con ello las primeras muertes. Sin nadie al frente de la sociedad, la gente había comenzado a perder el norte. Cuando por fin se vaciaron los suministros y los cultivos no crecían lo suficientemente rápido como para mantener a la gente, lo único que les quedaba era beber agua del manantial. La desesperación acabó con la paciencia de algunos y, en sus últimas semanas de vida, algunos eashianos optaron por el canibalismo.


El propio ópalo central comenzó a marchitarse como lo hacía el pueblo hasta que la diferencia entre el día y la noche era casi imperceptible. Poco a poco, la gran ciudad subterránea se fue convirtiendo en una gigantesca cueva.


"Suenan las campanas del mediodía y preciso de un improvisado candil para escribir estas palabras. Fue el miedo el que nos armó de valor para dejar nuestro hogar en busca de un refugio más allá de lo conocido. Un miedo que nos hizo cruzar el puente hacia un nuevo mundo. Los que guiaron nuestros pasos nos protegieron de una superficie repleta de bestias y nos hizo creer que ya no temíamos a nada. Me pregunto si fue ese mismo miedo el que nos convenció de que arriba el mundo era tan hostil como lo imaginamos. Supongo que si de verdad supiéramos lo que sucedía con los pobres exiliados no habríamos sido capaces de vivir con ello. Ahora que la noche inunda los días y la mente de mis compatriotas, ni siquiera la esfera es capaz de emitir más luz que la llama de una simple vela. En una cueva en la que los bebés nacen muertos y en la que poco a poco nos devoramos unos a otros, solo me queda la calma que me traerá mi muerte. La misma muerte que una vez temí, por el miedo a la oscuridad que aguarda al otro lado. Ahora que sé que esa oscuridad no solo existe tras la muerte, si no que inunda la vida, me queda la esperanza de al menos hallar la paz y al fin dejar de temer por la vida como lo hacía aquel joven poeta judío cuando escapó de casa. Finalmente, lo más doloroso es imaginar que no pudimos evitar hacer el mismo daño que una vez nos hicieron a nosotros, todo por culpa del miedo."





3 comentarios