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  • Marina Martín Laguna

Leyendas de El Borrao: una voz en el bosque.

Julián Romero Cansado, el mayor cazador de monstruos y de cazadores de El Borrao


Cuentan los profesores de lengua del colegio Rosenbaum que hace tiempo, en el bosque de El Borrao, existió una hermandad de druidas cazadores que consagraron sus vidas a la desagradecida tarea de defender nuestro pueblo de los seres más terroríficos y crueles que haya conocido el hombre. Nunca mejor dicho, pues estos engendros únicamente atacaban a los hombres y no a las mujeres. Por ello, hay quien los llamó sirenas, hadas o amazonas. Bestias asesinas a las que las leyendas otorgan poderes sobrehumanos que les permitían entrar en las mentes de sus víctimas para volverles completamente locos, convirtiéndolos en esclavos o en comida, dependiendo del hambre de su reina.


Pero, ¿cómo se convertía uno en cazador? El primer requisito era haber nacido varón, pues tan sólo los machos pueden practicar la magia druida; el segundo, pertenecer a una de las familias que fundaron la hermandad; el tercero, renunciar a una vida normal, ¿aunque qué es normal en El Borrao?; por último, para confirmar su entrega, todos ellos debían someterse a un ritual de castración en el que ofrecían sus genitales como muestra de fidelidad y de sacrificio, pues sin ellos los monstruos no podrían entrar en sus cabezas para controlarles.


Hasta la mayoría de edad, los hijos de los cazadores crecían entre el resto de mortales para, al alcanzar la madurez y engendrar al menos un hijo varón, adentrarse en el bosque y no volver jamás a la civilización.


Julián Romero Cansado fue uno de ellos. Con tan sólo 12 años no quiso esperar a luchar por la causa, así que él mismo se arrancó los genitales e irrumpió en el ritual de castración de su hermano mayor para ofrecerle a la hermandad su fidelidad. Los más ancianos dudaron de si aceptarlo o no porque si algo tenía que ser un cazador era paciente, pero su padre lo tenía claro: Julián Romero Cansado sería el cazador más mortífero de la historia de El Borrao, y así fue.


Tras arrasar en todas las pruebas, la hermandad decidió que Julián estaba preparado para salir por primera vez de caza. El chico no podía estar más feliz ni su padre más orgulloso, pero quién le iba a decir que la última prueba antes de convertirse por fin en una absoluta máquina de matar, consistiría en asesinar y comerse a Clarita, la que fue una de sus mejores amigas en el colegio. ¡Ay! Julián… pensabas que los monstruos estaban sólo en el bosque y ahora te enteras, de la peor manera posible, de que viven también en el pueblo, entre todos nosotros. Para acabar con ellos la única manera que tenían los druidas de canalizar su magia era consumiendo su carne. Sentían que de esa manera la naturaleza estaba en equilibrio, pues una vez muerta la última bestia, no habría más carne que ingerir y su magia desaparecería para siempre.


- ¿Julián? ¡Julián! Desátame, por favor. ¿Qué está pasando?


El muchacho no entendía nada. ¿Tenía que matar a su mejor amiga y comérsela? ¿Qué clase de animal haría eso? El más anciano de todos los druidas, un tipo deformado por unos pequeños cuernos negros que le salían de manera anárquica por todo el cuerpo, dientes largos y marrones que recordaban al tronco de un árbol y muñones duros como rocas, se acercó a Clarita y sin mediar palabra le arrancó de cuajo el brazo derecho. Un grito sobrehumano brotó desde las entrañas de aquella ¿niña? Sus ojos se tornaron negros y en sus pupilas una espiral dorada y roja que no dejaba de girar. Clarita lloraba pidiéndole auxilio a Julián, sin ser consciente de que lo estaba haciendo en un idioma que él no comprendía.


El anciano le ofreció a Julián el brazo de la niña y le obligó a darle un mordisco. Al principio las arcadas le impedían desgarrar la carne, pero a medida que la sangre se adentraba en su organismo, aquel brazo se iba volviendo cada vez más y más apetitoso hasta que de pronto…


- ¿Qué estás haciendo, Julián? ¡Oh, Dios mío! Sois caníbales. Por favor, no me comáis. ¡Por favor! ¡AYUDA! ¡Que alguien me ayude! Por favor…


Julián miró a su alrededor y vio el mundo como nunca antes lo había visto. Una bruma de energía emanaba de la tierra inundándolo todo, hasta el átomo más minúsculo suspendido en el aire.


Miró entonces a Clarita y vio el horror que crecía dentro de ella. Como un feto en el vientre de su madre, esperando a desgarrar la matriz y liberarse de la celda amniótica. Un mal del que ni siquiera ella era consciente.


Después se giró hacia sus hermanos y dentro de ellos percibió la misma oscuridad. Cuanto más ancianos más horror. Y al fin lo comprendió y se observó a si mismo, donde encontró una semilla cuyas raíces crecieron, estrangulando a su paso cada centímetro de carne, de hueso, de alma hasta infectarlo todo ahogando cualquier tipo de sentimiento que Julián pudiera padecer. Quiso gritar y expresar su miedo, su dolor, pero las raíces avanzaron alimentándose de la energía de la tierra hasta adentrarse en ella y es entonces cuando escuchó la voz de un hombre que le hablaba en el mismo idioma que Clarita.


- Shhhhh… niño, shhhh.

- ¡¿Quién eres?!


Sus hermanos trataron de averiguar con quién estaba hablando Julián.


- ¿No lo oís? ¡La tierra está hablando! Dice… dice que…

- Shhhhhh… Te matarán.

- No… no, son mis hermanos. No me harían daño.

- Shhhhhh… te matarán.


De pronto, Julián se acercó a Clarita y con absoluta frialdad le acarició la frente. Ella reacciono con pánico. Todo el bosque pudo oír el latido acelerado de su corazón. Y Julián sonrió.


- Tienen corazón.


¡Crac!


El cráneo de Clarita estalló como un globo de agua contra la pared. La espiral dorada de sus ojos seguía girando y girando y girando hasta que el niño se los comió.


Nadie sabe qué más le dijo aquella voz, pero desde ese día Julián no volvió a mostrar ninguna emoción. Se convirtió en el cazador perfecto: Frío, eficaz y sin piedad. Cuando su padre murió, Julián propuso utilizar su cuerpo para atraer a todas los monstruos posibles, atraparlos y mantenerlos cautivos para que sus reservas mágicas no se acabaran tan rápido.


- La muerte de mi padre debe ser honrada. ¿Hay algo más glorioso que servir a tus hermanos más allá de la vida? Como jefe de nuestra hermandad, a mi padre le habría gustado saber que no dejamos que su carne se pudriera entre gusanos y pus. Propongo dividir su cadáver en trozos y esparcirlos por el bosque para que esas sanguijuelas lo huelan y caigan en la trampa. ¡Pensadlo bien! Con una reserva de carne viva siempre tendremos magia fresca para combatirlas. ¡Nunca más tendremos que tener miedo! Nunca más nos sentiremos indefensos. Una nueva era está a punto de comenzar y nosotros seremos los reyes.


El más anciano de todos se levantó y propuso una votación que acabó dándole la victoria a Julián y a su granja mágica. El anciano druida y sus seguidores le entregaron el mando de la hermandad y desaparecieron. Jamás se les volvió a ver. Los cazadores tenían un nuevo jefe. Más fuerte y mortífero que cualquier otro.


Con Julián al mando los monstruos fueron desapareciendo del bosque, pero acumulándose en la granja. Decenas de bestias con apariencia de mujer permanecían encerradas en las mazmorras bajo la cabaña en la que vivían los cazadores.


Lo que ninguno imaginó, es que su glorioso líder devoraba en secreto la carne de las crías de las bestias que daban a luz en cautividad. Así, gracias a esa ingesta masiva de magia, Julián se había convertido en el ser más poderoso y peligroso de aquel bosque. Sin embargo, pronto comenzaron a hacerse notar los efectos secundarios: Los pelos de su cabeza se convirtieron poco a poco en pequeños tentáculos que se movían cada uno a su antojo; sus ojos se unieron en uno sólo; Sus costillas se abrieron aumentando de tamaño su torso y sus brazos, cada vez más largos, alcanzaban casi el suelo. Era imposible pasar desapercibido.


Cuando sus hermanos le confrontaron para intentar que abandonara su insana adicción, volvió la voz.


- Shhhhh… Shhhh… ¿Lo ves? Te van a matar.


Julián observó a sus hermanos y comprendió que la voz siempre había tenido razón. Liberó a todas las bestias para que fueran ellas las que acabaran con los cazadores y huyó, adentrándose en lo más profundo del bosque hasta llegar al lago en el que se encontró con un enorme ciervo en el centro. El extraño animal le observó y mientras le miraba se hundió lentamente en el agua hasta desaparecer. Fue entonces cuando Julián vio su reflejo y comprendió que en aquel bosque había nacido un nuevo monstruo.


Algunos dicen que Julián sigue en el bosque, protegiendo al pueblo de los monstruos. Otros creen que los pocos cazadores que sobrevivieron consiguieron encontrarle y acabar con él.


Si hacemos caso a la leyenda, Julián se metió en el lago y nadó hacia las profundidades. Nadó y nadó y cuando pensaba que jamás encontraría el fondo vio de nuevo al ciervo. Los tentáculos en su cabeza se volvieron más gruesos, más fuertes, más agresivos… y lanzaron su cuerpo contra el animal para imponer un enfrentamiento a muerte. Julián y el ciervo lucharon durante horas, días, puede que incluso semanas, hasta que por fin, el cazador logró atrapar entre sus tentáculos al adversario y devorarlo por completo.


Imbuido con un nuevo poder, Julián volvió al origen. El lugar en el que había acabado con la vida de Clarita, en el que renunció a su humanidad y en el que por primera vez, había escuchado la voz.


Al llegar, se concentró de tal manera que las raíces que llevaba dentro se hicieron tangibles y, como espadas, atravesaron su carne para hundirse en la tierra. Estaba decidido a acabar con aquella voz, aquella fuente de horror que le había convertido en el engendro que era ahora. Su cuerpo comenzó a vibrar cada vez más y más rápido hasta que… se desintegró. Poco después, un angustioso lamento hizo retumbar el bosque y de entre la maleza apareció el ciervo ¿victorioso?


La profesora que me contó esta historia explicaba que, para ella, jamás había existido esa voz. Siempre había sido el propio Julián el que se hablaba a si mismo ¿quizás desde el futuro? Atrapado bajo tierra.

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